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Hablar pocas veces de la profesión militar es una de las pruebas de gran desidia e ineptitud para la carrera de las armas. (Del art. 14 de las RR.OO de las FAs)

12 julio 2026

MANDO ORIENTADO A LA MISIÓN... PUES CLARO ¿A QUÉ VA A ESTAR ORIENTADO SI NO?

Más de dos meses han pasado desde que escribí mi último artículo. Cuando nació El Furriel en julio de 2023 tenía la intención, y así lo hice durante mucho tiempo, de publicar un artículo cada domingo. Poco a poco se fue ampliando esta frecuencia por diferentes motivos, llegando en ocasiones a estar como ahora, con un par meses sin publicar nada. 

Y no es que no haya temas de los que tratar. Tengo una larga lista de asuntos de los que me gustaría escribir, pero a veces me doy cuenta de que me voy calentando según voy escribiendo y acabo rajando más de la cuenta, por lo que al final decido no publicarlo. Pero hoy, que he sacado un rato, voy a intentar escribir algo de forma más o menos razonable. 

El otro día estuve viendo este vídeo del canal del Col. Baños en el que conversa con el Gral. Dávila de temas muy diversos relacionados con la Milicia. A pesar de algunos comentarios con los que no estoy muy de acuerdo porque cualquiera de los dos tienen bastantes pájaros en la cabeza a veces, recomiendo verlo porque, a pesar de durar dos horas y de alguna que otra chorrada, se comentan cuestiones muy interesantes.

Entre ellas, y teniendo en cuenta el contexto en el que lo hace, me hizo pensar cuando el general comenta que cuando ves a un general con una carpeta debajo del brazo diciendo "bueno, ya te llamaré" es que es un inútil, porque tiene todo un estado mayor y él tiene que dedicarse a pensar. Un general con una carpeta debajo del brazo diciendo que no tiene tiempo, no lo utilices para la guerra, que te la lía. El general debe pensar y resolver. 

Me hizo pensar en cómo han cambiado los generales desde que ingresé en el Ejército hace cuarenta años. Pero claro, cuando te gusta el tema, pensar da para mucho y una cosa te lleva a otra y acabas dándote cuenta de que lo que realmente ha cambiado ha sido la forma de ejercer la acción del mando.

Yo soy muy contundente en este asunto y a estas alturas ya no creo que nadie consiga hacerme cambiar de idea, más por veteranía que por cabezonería. Lo tengo clarísimo: los jefes ya no mandan, sólo gestionan recursos (humanos, materiales y económicos).  Lo he hablado muchas veces porque he pensado en ello muchas veces en el día a día en las unidades, sobre todo en mi anterior empleo de comandante en el que, ejerciendo el mando de una Plana Mayor, me enteraba de muchas cosas que a un viejo dinosaurio como yo le chirrían.

Me acabo de dar cuenta de que este tema de hoy, como no sepa sintetizarlo bien, va a acabar siendo muy extenso, porque el asunto lo es. Veamos cómo me defiendo.

Todo este asunto del ejercicio de la acción del mando está muy relacionado con este concepto que ahora todo el mundo cree que se acaba de inventar, pero que siempre ha existido desde que la doctrina es doctrina: el mando orientado a la misión. Sin embargo, actualmente que tanto nos bombardean con el mission command, es cuando, tal vez, se está ejerciendo el mando orientado a la misión de una forma más dirigida que nunca. Intentaré explicarme haciendo un esfuerzo de talante y de opiniones comedidas.

De toda la vida de Dios, el que ejercía el mando no lo hacía según le iba saliendo de sus... caprichos, lo hacía en cumplimiento de una misión. Siempre ha habido una misión y siempre se ha conocido el propósito del jefe, únicas directrices estrictamente imprescindibles para mandar. Y este mando, una vez conocidos la misión y el propósito, lo ejercía en base a su capacidad de ejecución, a la libertad de acción y, por supuesto, a la voluntad de vencer. Es decir, los principios fundamentales del arte de la guerra que estudiábamos en primero en la academia en la asignatura de Doctrina el primer día de clase y que hemos llevado forjado en nuestro espíritu día a día durante toda nuestra vida militar.

Un jefe, del nivel que fuera, mandaba su unidad con total libertad de acción, pero, eso sí, luego tenía la supervisión superior de la que podía caerle un buen chorreo —cuando los jefes chorreaban y tú temblabas en la posición de firmes— y, si la cagada era muy monumental, te cesaban y tu jefe se fumaba un puro. 

Eso pasó a la historia. Actualmente, la ingente producción de normas, instrucciones, órdenes, directivas y demás guíaburros que llegan al más mínimo detalle, hacen difícil que quien ostenta el mando de una unidad —del nivel que sea, pero cuanto más bajo sea el nivel más se acusa— pueda ejercerlo de forma que imponga su impronta o acometa sus órdenes con libertad de acción. Todo, hasta el más mínimo detalle, está escrito. El jefe ya apenas necesita iniciativa para cumplir correctamente conforme a los cánones establecidos. Y es una pena, porque tenemos a jefes magníficos que, si les dejara el sistema, elevarían mucho la eficacia, la operatividad y el rendimiento de las unidades que mandan, además de demostrar su liderazgo de forma clara y manifiesta.

Por eso, cuando hasta el más mínimo procedimiento está reglado, el mando sólo puede limitarse a gestionar, conforme a esas normas, los recursos que tiene a su cargo: los humanos, los materiales y los económicos. Estos últimos, por cierto, cada vez menos flexibles para el mando, incluso, pues las directrices para la gestión de los recursos económicos están cada vez más encorsetadas. ¡Ay! si a los políticos se les encorsetara tanto.

Y hablando de flexibilidad, si los principios fundamentales del arte de la guerra están ya tan limitados, me pregunto si esta limitación se ha producido como consecuencia del incremento del peso específico de los antiguos principios complementarios: la seguridad, la economía de medios, la acción de conjunto, la flexibilidad y, en menor medida, la sorpresa y el aprovechamiento del éxito.




Sea como sea, el caso es que los que ya llevamos unas cuantas décadas dedicadas a esto de la Milicia y que hemos conocido varias doctrinas —la de 1980 fue mi primera doctrina—, hemos visto la evolución hacia una forma de mando que, al contrario de lo que parece que se pretende y que tanto se publicita por todos lados, el ejercicio del mando no está más orientado a la misión que antes de esta nueva tendencia. Creo, por el contrario, que actualmente el mando está orientado desde arriba para que cumplas tu misión.

Tan es así, que ya no existen las orientaciones, publicaciones que te aconsejaban cómo hacer las cosas, pero que dejaban a la inteligencia, a la libertad de acción y a la capacidad de ejecución de cada jefe cómo acometer cada asunto. Ahora ya todo son publicaciones doctrinales complementadas por directivas, stanags, instrucciones y normas que no dejan nada a la libre acción del mando, pues todo está perfectamente definido. El arte de la guerra es cada vez menos arte y más ciencia exacta.

Por eso estoy convencido que el refrán tan español de dime de qué presumes y te diré de qué careces es la conclusión de este empeño de hacer creer que ahora, por fin, existe el mando orientado a la misión, como si antes el mando se ejerciera orientado a vete tú a saber qué...

Sí, ya sé que este concepto actual del ejercicio del mando va más allá de mi simple alegato, pero ¡coño!, ponedle otro nombre, que parece que habéis inventado la pólvora.

Y por otro lado está el tan manido liderazgo. Cursos, ponencias, publicaciones, departamentos de enseñanza y hasta cambio de nombre de la centenaria Escuela de Guerra sobre el ¡oh! liderazgo me hacen pensar en cómo pudieron llegar a ser tan grandiosos líderes, por ejemplo, el Gran Capitán, Blas de Lezo Bernardo de Gálvez, Daoiz, Velarde, Millán-Astray o Franco sin la sublime formación vía powerpoint actual... Pero de esto hablaré otro día.




03 mayo 2026

EL HONOR POR ENCIMA DE LA OBEDIENCIA

Pasados casi tres meses en los que el Furri ha estado escaqueado dedicándose en este tiempo a asuntos particulares, volvemos al ataque con más pensamientos de un viejo soldado.

En primer lugar, quiero aclarar que el título de hoy no es un error cuando hablo de obediencia y no de disciplina porque no son lo mismo. Se puede ser desobediente y disciplinado cuando se nos exige obediencia a unas órdenes que, aun legales y reglamentarias, son contrarias a valores y principios morales que están muy por encima del cumplimiento de órdenes mundanas. Cuando el pensamiento aconseja lo contrario de lo que se nos manda, cuando el corazón pugna por levantarse en íntima rebeldía o cuando la arbitrariedad o el error van unidos a la acción del mando, es disciplina. Pero cuando, por ejemplo, se incumple la orden de que la Guardia de Seguridad de un acuartelamiento no salga de éste bajo ningún concepto ni a rescatar una Bandera Nacional que aberchales están quemando, eso es desobediencia, sí, porque no puede ser indisciplina pelear por defender lo más sagrado para un militar. Para lo más jóvenes, aclaro que en los años de plomo se daban este tipo de órdenes en los cuarteles de las Provincias Vascongadas.

Pero vamos a lo que nos ocupa... Ayer estuve en el acto en conmemoración del 2 de mayo que celebran los artilleros cada año. En él, como la mayoría ya sabe, el capitán más antiguo de la unidad hace la lectura de la Lección del 2 de mayo, Se trata de una glosa que quedó instaurada en 1812 por real decreto para elogiar el heroísmo de los capitanes de Artillería Luis Daoiz y Pedro Velarde y que cada año sería escrita por un oficial y leída en la primera clase del curso a los cadetes del Real Colegio de Artillería para que quedara marcado en su memoria "les muestre el camino que deben seguir desde su tierna edad para hacerse dignos de la honrosa profesión de defensores de la Patria".

Poco a poco se fue extendiendo esta tradición de modo que todas las unidades del Arma de Artillería —que no es lo mismo que esa horrible y poco militar expresión de especialidad fundamental— adoptaron la lectura de la lección en la conmemoración de la gesta del 2 de mayo de 1808.



Este último 2 de mayo en Cartagena tuvo el honor de hacer la lectura de la lección la capitán más antigua del Regimiento de Artillería Antiaérea nº 73. Estuvo muy bien, me gustó. Relató perfectamente lo que se debe relatar para recuerdo de aquellos héroes. Pero, sobre todo, dejó bien clara la importancia de esos valores tan militares como el honor o la lealtad en las actuaciones de aquellos jóvenes capitanes artilleros que, desobedeciendo órdenes, llegaron al máximo sacrificio de darlo TODO POR LA PATRIA por el honor y la lealtad a España. Esto me lleva a reflexionar una vez más —como tantas veces a lo largo de mi ya larga vida militar— sobre lo hipócrita que es a veces la forma de hacer las cosas. Me explico.

No sé si mis pocos pero leales lectores recordarán mi artículo YA NO HAY HÉROES... NI LOS HABRÁ en el que decía que con la actual mentalidad tan estrictamente cumplidora de las órdenes ya no hay héroes ni los habrá. Pues bien, si Daoiz y Velarde hubieran sido coetáneos nuestros, no habrían sido nunca unos héroes y España seguiría siendo francesa, porque ya no es que no se lleve eso de ser héroes, es que está castigado serlo, al menos al estilo de aquellos militares ejemplares del 2 de mayo de 1808 en el Parque de Artillería de Monteleón.

Lo que hicieron Daoiz y Velarde fue incumplir órdenes. Actuaron por propia iniciativa contra el estado establecido y no acataron la jerarquía a la que debían obedecer. Podemos darle todas las vueltas que queramos, pero eso fue así y no cabe discusión sobre ello. Actualmente los habrían cesado, suspendido de empleo y sueldo, sancionados, condenados y expulsados del Ejército por indisciplinados. De ahí la hipocresía a la que me refiero.

¿Y por qué? Pues porque ahora la obediencia —que, insisto, no es lo mismo que disciplina— está por encima de cualquier virtud militar. Actualmente obedecer las órdenes está por encima de todo, incluso por encima del honor, si entendemos por honor lo que llevó a los capitanes de Artillería Daoiz y Velarde y al teniente de Infantería Ruiz a sumarse al levantamiento popular contra el ejército francés que había sido perfectamente autorizado por los generales y políticos de turno a tomar posesión de nuestras instituciones.

El 2 de mayo se conmemoran, con total empuje institucional, unos hechos tristemente desfasados y anacrónicos de los que nos sentimos muy orgullosos y de los que hablamos como ejemplo de virtudes militares, patrióticas y heroicas, pero ¡ay! del que se le ocurra hacer los mismo que estos valientes... Es la hipocresía de quien no tiene bemoles a ser consecuente y cargarse esta celebración, pero la mantiene con la boca pequeña deseando en su fuero interno que ningún militar vaya a actuar como aquellos héroes anteponiendo el honor a la obediencia.

Luis Daoiz, Pedro Velarde y Jacinto Ruiz, no dudaron y tuvieron claro cuál era su deber cuando España estaba en peligro. Porque lo estaba. No es necesario un golpe de estado, ni una agresión extranjera para que la Patria esté en peligro y, como en tantas otras ocasiones en nuestra extensa e intensa historia, en 1808 el poder establecido era el primer enemigo de nuestra independencia, de nuestra soberanía y de nuestra integridad territorial. 

Carlos IV y Fernando VII permitieron que los franceses se nos metieran hasta la cocina marchando en columna de viaje sin pegar un tiro y después permitieron que nos mangonearan. Hasta nos impusieron a un rey. ¿Y nuestros generales?... obediencia ciega es lo que exigían. ¿Y honor?... no, de eso no hablaban.

Decía antes que Daoiz, Velarde y Ruiz supieron cumplir con su deber, aunque su concepto del deber era muy distinto al exigido por el entonces Capitán General de Madrid, el General Negrete. Y cumplieron su deber y lucharon hasta morir, no como otro militar poco conocido, el Alférez de Fragata Juan Van Halen, que desde Lavapiés se dirigía al Parque de Artillería de Monteleón para sumarse a los heroicos artilleros, pero, herido antes de entrar, se las piró y huyó de Madrid. Este personajillo de mierda tiene una vida que recomiendo leer AQUÍ como ejemplo de chaquetero mercenario sirviente al mejor postor. 

Como ya dije, ya no hay héroes ni los habrá. Ojalá me equivoque y los haya si así lo exige la Patria, pero miro a mi alrededor y veo tanto "el que se mueva no sale en la foto" que...

08 febrero 2026

EL PROTOCOLO (I)

 Por mi destino actual hay mucho sarao al que me invitan. No va de coña que en 2025 fui invitado a 105 actos entre juras de Bandera, tomas de mando, patronas, aniversarios, conferencias, exposiciones, izados o arriados de Bandera, misas, pregones de Semana Santa, procesiones, cenas, etc. Está claro que no he asistido a todos; también tengo que trabajar de vez en cuando. Tan es así que, siendo lo normal tener sólo una, yo tengo tres camisas blancas para los uniformes de especial relevancia y de gala.

Hay actos de todo tipo: militares, civiles, universitarios, culturales o cofrades y, observando cómo se organizan, llegas a la conclusión de que, a pesar de tener responsables de protocolo sin formación alguna en la mayoría de los casos, los militares somos los que mejor organizamos todo. Con mucha diferencia.

Hace un par de años asistí a una misa muy solemne de una de las dos cofradías de Semana Santa más importantes de Cartagena. Al llegar a la iglesia me recibió en la puerta el Hermano Mayor, como a todas las autoridades civiles y militares invitadas, y un cofrade de protocolo me acompañó al lugar que me habían asignado: el segundo banco justo detrás de los concejales. Fuera de la zona de bancos, justo antes del presbiterio, había dos filas de sillones: una fila para autoridades civiles y la otra para autoridades militares. En los sillones de ésta se encontraban los dos almirantes que hay en Cartagena, el Coronel del RAAA 73 —y Comandante Militar de la provincia de Murcia—, los coroneles de las tres unidades de Infantería de Marina, el capitán de navío Jefe de la Base de Submarinos, el coronel de la Academia General del Aire (y del Espacio) y el comandante de la Guardia Civil. Es decir, el único militar uniformado que estaba en un banco era yo. No me gustó aquello, pero por no dar el cante, me quedé donde me dijeron. 

 Aquí tengo que aclarar algunas cosas. Yo era teniente coronel, pero estaba invitado como jefe de un acuartelamiento (el Parque de Artillería) en el que la cofradía tiene un local cedido demanialmente y desde el que cada Martes Santo sale en procesión desde 1941, como otra sale del Gobierno Militar y otra del Arsenal Militar ese mismo día. Cada año la cofradía me solicita poder sacar la procesión desde el establecimiento militar del que soy jefe y cada dos años renueva la solicitud de cesión del local. Es decir, tanto el local que usan, como la procesión y actos previos de cada Martes Santo tengo que  informarlos favorablemente para que el General Jefe de la SUIGE lo autorice. Sin embargo, nada tienen que ver con esa cofradía ni la AGA, ni dos de las tres unidades de Inf. Marina, ni uno de los dos almirantes, ni la Base de Submarinos.


Pasados unos días escribí un correo electrónico al Hermano Mayor, a la sazón un coronel jurídico en la reserva, manifestándole mi malestar no por mi persona, sino por la desconsideración hacia el acuartelamiento al que yo representaba, independientemente de que yo no fuera coronel. Jamás tuve respuesta a ese correo, a pesar de que puse de copia a su mayordomo de protocolo. 

Al año siguiente iba ya con la escopeta cargada y tenía claro qué iba a hacer en caso de que se repitiera la situación. De hecho en la puerta de la iglesia se lo comenté a los coroneles. Entré y me asignaron el mismo banco que el año anterior. Le comenté a una chica de protocolo que creía que no era mi lugar y me dijo que sí, que era en el banco que me correspondía. De modo que cogí mi gorra y mis guantes, me despedí del Santísimo y me piré a mi casa, ante la cara de sorpresa de algunos cofrades involucrados en el protocolo.

Al día siguiente, bien temprano, me llamó por teléfono el Hermano Mayor pidiéndome disculpas y excusándose con que "ellos no conocían el protocolo tan bien como los militares y no sabían que lo estaban haciendo mal". Le dije que yo se lo había explicado en un correo electrónico al que no habían hecho ni puñetero caso. El año pasado, a la tercera, ya me colocaron donde debo estar.

Esto es sólo un ejemplo; casos similares veo cada vez que acudo a una cosa de estas. Es decir, que como dije al principio, los militares organizamos estas cosas mejor que los civiles con mucha diferencia, a pesar de que no tenemos formación específica para ello.

Alguna vez se publica algún curso de protocolo que, como es convocado con muy pocas plazas, casi nadie puede acceder a él. Sin embargo en todas las unidades, centros y organismos militares se organizan actos que requieren un mínimo conocimiento del protocolo. Y todas esas unidades tienen a un responsable de protocolo, tenga o no formación para dicho cometido, algo, por otra parte, habitual en nuestro Ejército —si no sabes, búscate la vida—.

Los que alguna vez hemos tenido el cometido de coordinar el protocolo de algún acto, pues eso, nos hemos buscado la vida, pero no siempre es fácil. Echo en falta algún manual de protocolo oficial. Ni el famoso Cuaderno de protocolo del JEME, ni el Protocolo Militar de la Escuela Internacional de Protocolo de Granada y el MADOC, ni el Código de ceremonial y protocolo del Ministerio de la Presidencia, ni otras varias publicaciones sirven para mucho, pues se limitan a hacer un resumen del Reglamento de Honores Militares, de las normas de uniformidad vigentes y de las normas sobre actos militares y orden cerrado. Es decir, que si a un general de brigada hay que rendirle honores con Marcha de infantes o cuáles son los representantes institucionales territoriales de los tres ejércitos y poco más. 

Pero no hay ninguna publicación reglamentaria sobre, por ejemplo, cuál es la precedencia entre el Subdelegado de Defensa y el Comandante Militar de esa provincia. O cuál es el lugar de los coroneles retirados respecto a los  coroneles o tenientes coroneles jefes de unidad, por poner otro ejemplo.

Lo que ocurre con esto es que luego cada unidad organiza las cosas como buenamente pueden. Por ejemplo, hay una norma no escrita de que el personal en activo o en reserva con destino tiene mayor precedencia que el personal en reserva o retirado. Pero como no está escrito, hay actos en los que ves que un teniente coronel jefe de unidad está por delante de coroneles retirados, otros en los que este criterio se sigue sólo por empleos y otros en los que no se cumple y se ponen todos por antigüedad, aunque lleven años retirados.

El problema llega cuando el propio militar no tiene ninguna consideración con el personal de protocolo que, en la mayoría de los casos, está ahí comiéndose un marrón. Cuando ascendí a capitán estuve unos meses en la PLMM de la Unidad de Formación Paracaidista hasta que mandé compañía. El capitán de la S-2 que llevaba el protocolo estaba fuera no recuerdo por qué, pero el caso es que me asignaron el honroso privilegio de coordinar el protocolo. En esos años el coronel más antiguo destinado en la Región de Murcia de los tres ejércitos era un coronel de Infantería en la reserva destinado como Delegado del ISFAS. Llegó a la tribuna presidencial y se plantó en el lugar preferente tras donde iba a colocarse el general que presidía el acto —creo que era una Jura de Bandera—. 

Le dije que ahí iba el Delegado de Defensa de la Región de Murcia y me miró con una cara de pero qué me cuentas y levantando la voz me soltó lo de que era el coronel más antiguo de la región y que de ahí no se movía. Y no se movió. El Delegado de Defensa, un capitán de navío bastante más educado, no dijo nada y se colocó a continuación del compañero de promoción del Gran Capitán.

Quiero decir con esto que el protocolo es difícil y se complica mucho cuando los propios militares ponemos pegas a quien tiene ese embolao. También es cierto que hay unidades en las que tampoco se complican la vida: ponen a todos en el mismo corralillo y que se peleen entre ellos. 

Como este asunto da para mucho, termino aquí la primera parte y amenazo con continuar escribiendo sobre protocolo militar para suplicio de mis pocos pero leales lectores




11 enero 2026

LONG LIVE SPAIN

¿Nos hemos vuelto tontos con el inglés? Afirmativo, nos hemos vuelto tontos. En España ya sólo falta que en vez de viva España gritemos long live Spain.

Cuando estaba haciendo el relevo de mando del Museo Militar que tengo la gran fortuna de dirigir y dando una vuelta por las instalaciones con el director saliente, nos detuvimos a charlar un rato con voluntarios de la Asociación Cultural del Amigos del Museo Militar de Cartagena. Esta asociación está integrada por jubilados o militares en reserva, tanto españoles como extranjeros residentes en la costa cartagenera, de esos que hay a miles por todo el litoral del levante y del sur de España. En esta asociación, pionera en los museos militares españoles, hay guías culturales, historiadores, mecánicos, maquetistas, miniaturistas, expertos en armamento, etc. El Museo es lo que es gracias a su magnífica labor. 

Como decía, nos detuvimos un rato a saludar y a que me conocieran un grupo de ingleses que en ese momento estaban trabajando en recuperar un carro de combate ruso T-26 que llevaba ochenta años parado —y que en mayo pudimos presentarlo en sociedad, como se puede ver en este vídeo—. El saliente comenzó a hablarles en inglés, al que respondían con total normalidad, pero yo les saludé en español y todo el rato que duró la conversación —monólogo realmente, porque ellos no contestaban— lo hice sin que saliera de mis labios ni una sola palabra en inglés. Y así sigo después de tres años.

El saliente me dijo, cuando ya nos íbamos, que tenía que hablarles en inglés porque no tienen ni idea de español, pese a que algunos llevan más de quince años viviendo en Mazarrón o Torrevieja. Como me conoce bien porque somos de la misma promoción de la Escala Media y estábamos en la misma sección en la AGM, me dijo que sabía que no me gustaba eso. Así es, —le dije—, me niego a hablar inglés en España, y menos con gente que lleva años viviendo aquí y no muestra el más mínimo interés por nuestra lengua. Eso sí, el solecito, la sangría y la paella bien que les gusta. El jefe de ese equipo de mecánicos es español y es mi único interlocutor con ellos. Cuando los veo les saludo en español y ellos ya, por lo menos, balbucean un buenos días con ese acento tan inglés de té a las cinco.

¿Y por qué pasa esto? Pues porque los españoles nos estamos dejando invadir lingüísticamente por todo lo extranjero, principalmente, lo inglés. Estos extranjeros que llevan años viviendo en España y no tienen ni repajolera idea de español no es porque no les dé la gana —que también—, realmente es porque no lo necesitan. Ya estamos los tontos de los españoles para esforzarnos en hablarles en inglés a ellos, tapando indirectamente la gloriosa y universal lengua de Cervantes, que gracias a los tontos como los españoles de ahora, cada vez va siendo menos gloriosa y menos universal en beneficio de la puñetera lengua del aburrido Shakespeare. 

Este problema, porque para mí es un problema, está cada vez más generalizado. En el  mundo empresarial el inglés devora a cualquier lengua, por muy universal que haya sido durante siglos. El interés económico y comercial lo justifica —poderoso caballero es Don Dinero—, pero lo que no tiene justificación alguna es la tontería de los militares españoles, de los que generalizo injustamente en cuanto a cantidad, pero muy justamente en cuanto a relevancia en la acción del mando. 

¿Os acordáis de cuando se daba una orden y se decía, de forma tan castiza, lo quiero para ayer? Pues ya no, ahora se dice lo quiero ASAP, porque soy muy moderno. Y claro, escribir no más tarde de es mucho escribir, por lo que es mejor, y más chic, por supuesto, decir NLT. Tampoco vamos ya a una reunión, vamos a un briefing. Y tampoco enviamos un correo para vuestra (o tu) información, a hora es FYI. Tampoco derribamos accesos en combate, hacemos breaching. Ya no hay carrera de unidad, ahora es cross de unidad. 



Ya cada vez menos se pone nombre de héroes o de batallas a los ejercicios tácticos nacionales en los que sólo participamos nosotros. Los ponemos en inglés y así debe parecer —supongo— que por malos que seamos pareceremos los mejores soldados de la Patria. 

Al fin de ejercicio le llamamos ENDEX —supongo que porque FINEJ queda muy como un vivaelvino— y al juicio crítico, hot wash up, aunque estés en Chinchilla a -5ºC.

¿Y lo de PAX para referirse a personas, a soldados? me saca de quicio. De hecho, mis subordinados siempre han tenido mucho cuidado en no escribir PAX para referirse a militares. Lo odio. PAX, como si fueran pasajeros de un avión o clientes de un hotel. Lo odio —no me repito, enfatizo—.

En fin, que podría estar horas escribiendo sobre las tonterías que se dicen en inglés en el día a día sin necesidad operativa y perfectamente definibles en la lengua del bastante menos aburrido Quevedo.

Que conste que no me meto con el empleo de la lengua de los hijos de la Gran Bretaña con carácter operativo a nivel internacional, pues nuestras tácticas, técnicas y procedimientos ya no van por libre, sino en conjunción con las de los ejércitos con los que formamos coaliciones internacionales y esta conjunción se produce en inglés y, nos guste o no nos guste, tenemos que seguirla en bien de la operatividad y de la eficacia. En estos aspectos hace ya siglos que no somos un ejército dominante y es normal que se haya impuesto la lengua de los poderosos. ¿Pero en el día a día en el cuartel con el inglés todo el puñetero día en la boca? Anda ya... 

España fue un imperio jamás igualado y lo fue, entre otras cosas, por la expansión del español. El español es, tras el chino, la segunda lengua materna más hablada con 520 millones. Los nativos que hablan inglés son 400 millones. Sin embargo, todos los que hablamos español en el mundo, nativos o no, somos 650 millones, pero que hablen inglés, 1.500 millones. Joé, que estamos jugando en división de honor, que no somos unos mindundis en la liga de las lenguas y dejamos que el inglés nos supere. Luego nos quejamos de los independentistas catalanes y ponemos el grito en el cielo porque no quieren hablar español. 

En fin, un poquito más de orgullo patrio, lengua incluida, y menos tontería.


Shakespeare y Quevedo. Sólo los aspectos de uno y de otro ya dicen mucho 😂😂




30 noviembre 2025

LA GLOBALIZACIÓN CASTRENSE

Hace unas semanas ya hablé en el artículo QUÉ MÁS DA de que en los ejércitos de España se ha impuesto la dejadez en la conservación de los valores, el error de concepto de cuáles son las obligaciones militares o la normalizada mediocridad de quienes son incapaces de esforzarse por alcanzar la excelencia en todo. Estoy convencido de todo ello.

Esta forma de sucederse las cosas desde hace unos cuantos años, está llegando a un punto que ya me gustaría a mí que fuera el máximo de una función algebraica, pero me temo que no va a ser así. Supongo que esto va en aumento, precisamente, por la dejadez en el interés hacia la conservación de los valores, el error de concepto de cuáles son las obligaciones militares y, sobre todo, por el cada vez más bajo interés del militar actual en conocer el porqué y la esencia de las cosas.

Estamos entrando en lo que yo llamo la globalización castrense, es decir, la tendencia hacia un todos somos iguales que conduce al intercambio de roles entre militares de distintos escalones de la jerarquía, la compartición de responsabilidades —y su exención en algunos casos— y el miedo a ejercer la autoridad sobre un subordinado.

Pues no, no somos todos iguales en el Ejército. Ni somos ni debemos serlo. 

Cada militar tiene unos cometidos perfectamente definidos y por eso existe la jerarquía, el mando y, por supuesto, la responsabilidad que conllevan. Estos cometidos vienen definidos, objetivamente, por la preparación de cada uno en base a la formación militar que ha recibido, a pesar de que todos conocemos casos de militares que ejercen muchas más responsabilidades de las que su preparación les permite. Inútiles hay en todos lados y no olvidemos que responsabilidad —no hablo sólo del ejercicio del mando—, todos tenemos la nuestra, cada uno a su nivel, desde soldado a general. 

Pero no, no temáis mis pocos pero leales lectores, pues este artículo de hoy no va a ser todo un tocho filosófico pues, como viene a que llevo un tiempo observando que ocurren cosas que no tienen sentido y que van contra la más pura esencia de muchas cuestiones en la Milicia, iré concretando los casos particulares del combate. 

Soy un friki de los vídeos sobre cualquier tema militar en YouTube y veo todos los que encuentro aunque para muchos de ellos debería tomarme antes algún protector de estómago y un par de tilas. Hace unos meses vi en uno de ellos una jura de Bandera de tropa en la que los cabos (gastadores, porta banderines, etc) llevaban en el uniforme el distintivo de profesor; el coloquialmente conocido como huevo frito. Mi sorpresa fue tal que rápidamente me cogí toda la normativa en vigor sobre uniformidad para consultarla, sobre todo porque hay una norma sobre distintivos más o menos reciente y podía ser que no la tuviera yo tan controlada como creía. La cosa estaba clara: el distintivo de función de profesor, obviamente, es portado por quien ejerza como tal. ¿Y quién ejerce como profesor? Pues según el Régimen del profesorado de los centros docentes militares el que ocupe un puesto que así esté contemplado en la RPM (Relación de Puestos Militares), debiendo salir así reflejado en la publicación de la vacante de ese puesto. 

A continuación me fui a SIPERDEF y comprobé que, como me imaginaba, ninguno de los puestos de tropa de esa unidad era de profesor. Cada vez estaba más convencido de que era un caso clarísimo de globalización castrense y, como dije en el artículo DESMONTANDO MITOS, UNIFORMIDAD, un porque yo lo valgo.

Ya sólo me quedaba preguntar directamente por esta anomalía y así lo hice a un compañero de promoción —y sin embargo amigo—  destinado en ese centro de formación. Me dijo que él tampoco entendía que lo llevaran, pero que le habían dicho que se había autorizado a llevarlo a los miembros de tropa que hacían el Curso Básico de Aptitud Pedagógica porque alguien allí había hecho una extraña interpretación de la norma. Con un par...

Amosaver, amosaver, amosaver... ¿Me queréis decir que hay alguien con responsabilidad que cree que un cabo instructor es un profesor porque ha hecho un curso básico de dos semanas? Bueno, supongamos que ese curso ahora es la repera —y no como cuando yo lo hice hace más de veinte años— y ahora te capacita para dar clases en la NASA. ¿Ocupa reglamentariamente un puesto calificado como de profesor? No. ¿Entonces qué carajo hacen con un huevo frito en el uniforme? Hay que tener en cuenta que el artículo 20 de la Ley 39/2007 de la Carrera Militar dice que las tareas docentes serán desempeñadas por oficiales y por suboficiales, pero no por tropa.

Pues bien, esto es lo que yo defino como un claro ejemplo de globalización castrense por el que al final nos creemos que todos somos iguales. 

Ocurre lo mismo cuando hablamos de las bodas en las que personal de tropa participa en los arcos de sables a los novios con sables de oficial o suboficial que, naturalmente, han sido prestados por sus propios oficiales o suboficiales, grandes protagonistas de esta funesta globalización castrense. Ya dediqué un artículo a este asunto en  ARCOS DE SABLES.

Todo esto es como si yo, cuando sea padrino en las bodas de mis hijas, me pongo la faja de general, porque mola y porque yo lo valgo; a fin de cuentas, por años de servicio podría ser general ya hace tiempo, ¿no?

Pero tenemos más casos de la globalización castrense. Por ejemplo, cuando hace un par de años vi que en las AGBS la Escuadra de Gastadores desfilaba con manoplas, cuando jamás en las academias militares los cadetes y alumnos gastadores habían portado esos elementos. ¿De qué se trataba? ¿De hacer que la escuadra de la AGBS pareciera una escuadra de una unidad normal en vez de la de una academia? ¿O de romper, una vez más, la tradición como ocurre con la ******** boina que han parido para la AGBS para usar en vez de la gorra de plato? Manoplas y boina, dos ejemplos de cómo desvirtuar la categoría de suboficial.

En fin, que podría escribir largo y tendido con más asuntos similares, pero sólo aburrirían, más si cabe, a mis pocos pero leales lectores. 

Lo importante es saber por qué ocurre esto y, tras unas cuantas décadas de servicio, tengo claro que al militar actual le cuesta ser tajante a la hora de mantener cada cosa en su sitio. A algunos les cuesta decir "tú ahí y yo aquí, y tan amigos". Algunos no saben ser firmes en el mando manteniendo su cercanía al subordinado ni saben ser graciables sin llegar al colegueo. 

Ahora que tanto se habla de liderazgo —se creen que lo acaban de inventar— hay menos líderes que nunca. Y es que mandar es difícil, mandar bien es muy, muy difícil y ser un líder... uf, ser un líder.

Me conformaría con que los jóvenes militares que leyeran esto se comprometieran a acabar, en la medida de sus posibilidades, con esta virulenta globalización castrense.




26 octubre 2025

QUÉ MÁS DA...

La semana pasada, al hablar sobre el desfile del 12 de octubre, terminé comentando que en la AGBS los Caballeros Alumnos habían jurado Bandera con el uniforme de campaña y que no hablaba más de ello porque me calentaba. Sin embargo, al final voy a escribir lo que pienso sobre esto, dándole la razón a un compañero de promoción que me decía que no se creía que no fuera a escribir sobre este triste asunto.


Este asunto es muy grave. Ya sabéis los que me conocéis o, si no, los que leéis El Furriel, lo importante que es para mí la imagen del Ejército en general y del militar en particular. Por ello la importancia del uniforme, que no es sólo un conjunto de prendas de tela, sino un hábito por la relevancia mística que supone vestirlo con el orgullo de todos los valores morales que representa. —Recomiendo la lectura de mi artículo de julio sobre EL UNIFORME MILITAR—.

A estas alturas de mi vida militar, cuando acaban de cumplirse cuarentaidós años desde que juré Bandera, ya asumo que soy un dinosaurio de un Ejército que en casi nada se parece al que me enganchó y enamoró para siempre. Supongo que ya sobro aquí, pero que se jodan los del nuevo estilo, que no me voy aún. 

La dejadez en la conservación de los valores, el error de concepto de cuáles son las obligaciones militares o la mediocridad de quienes son incapaces de mantener la excelencia en todo, incluso en las cosas más superfluas, han hecho que esto ya no sea lo que era ni de coña. Y lo que era sería mejor en algunas cuestiones y peor en otras, pero jamás en la historia se ha visto a alumnos de una academia de Oficiales o de Suboficiales jurando Bandera con el mismo uniforme con el que hacen zafarrancho de limpieza los sábados por la mañana —si es que aún se hace, que supongo que tampoco—.

Y es la gravedad de este asunto la que me lleva a preguntar si ya han fusilado al amanecer al culpable. Porque alguien será el responsable, y en este caso culpable, de este despropósito, digo yo. No sé quién será, pero está claro que alguien ha hecho mal su trabajo. O no lo ha hecho.

He leído por ahí esta semana que tanto el nuevo proceso de licitación como el nuevo sistema de suministro son muy complejos y eso ha imposibilitado que los CA,s. de la Básica vistieran adecuadamente para el acto más importante de su carrera militar. Pues me parece una muy fea y cobarde manera de escurrir el bulto y de eximir responsabilidades. Los sistemas de licitación del Estado son los que son, pero todos sabemos que cuando entran en los cuarteles los complicamos con un montón de instrucciones técnicas, o normas generales que dificultan aún más cualquier proceso, por lo que alguien no ha hecho su trabajo y no ha previsto lo que podría pasar. Repito, no sé quién es el culpable, pero alguno hay seguro. Esto no es cuestión de mala suerte, es cuestión de hacer las cosas mal.

Ya no estamos en la época en la que no había uniformes de gala para la Tropa de reemplazo y juraban Bandera con uniforme de instrucción, por lo que creo que es muy difícil de justificar que alumnos de los centros de formación de Tropa sí lo tengan y los alumnos de la enseñanza de Suboficiales no.

Por cierto, también se ha dicho que es la primera vez que se jura Bandera con el uniforme de campaña, lo que es rotundamente mentira. En 2020, con motivo de la pandemia, los CAs de 1º de la Escala de Suboficiales fueron repartidos para jurar Bandera en tres academias distintas: en la AGBS, en la Academia de Infantería y en la de Caballería. Pues bien, como puede verse en la siguiente foto, en la AGBS juraron con el de instrucción mientras en la ACINF y en la ACAB juraron con el de gala. No creo que fuera un problema de licitación que un tercio de la promoción, los que juraron en Talarn, no tuvieran uniforme y los que juraron en Toledo y en Valladolid, sí. Y si sí fue un problema de suministro —que tendría cierta disculpa por la pandemia—, entonces es que desde 2020 no hemos aprendido nada.

(Siento la calidad de las fotos, pero son las únicas que he encontrado de ese año)

El caso, y esto es lo más grave, es que unos jóvenes ilusionados con los primeros pasos de su carrera como Suboficiales del Ejército Español van a tener el mismo recuerdo del momento más importante de su vida militar que los soldaditos de reemplazo de principios de los años 90. Lo peor de todo es que hay quien piensa que tampoco es para tanto.

Sólo espero que el año que viene no se retrase también la licitación o el suministro de uniformes de campaña y tengan que jurar Bandera en chándal, en albornoz o incluso vestidos de paisano, qué más da... 

Y a propósito de uniformidades, alguien debería leerse y, sobre todo, cumplir el punto 8.6 de la IG 03/22 “DESCRIPCIÓN Y USO DE LOS UNIFORMES Y PRENDAS DEL EJÉRCITO DE TIERRA” en el que se especifica que cuando se forme con uniforme de campaña no se usará sable y, si se forma de campaña en un acto de gala, se llevarán guantes blancos. Pero bueno, lo normal últimamente: qué más da...


19 octubre 2025

DESFILE DEL DFN DE 2025

Como es habitual desde que nació El Furriel, y una vez pasado el 12 de octubre, toca analizar el desfile del Día de la Fiesta Nacional de este año. 

Cuando comenté el DESFILE DE 2023 hablé de cambios y, cómo no, de lo cada vez peor que se desfila en España. También de la poca atención hacia el orden cerrado en las unidades, lo que irremediablemente se refleja en los resultados del desfile. Más cosas llenaron mi análisis del desfile de forma telegráfica pues no quería escribir durante horas —porque materia había, y mucha, como siempre—.

Respecto al DESFILE DE 2024, intenté suavizar un poco mi parecer porque la intensa lluvia que cayó me obligaba a ser benevolente en el análisis técnico del desfile. A pesar de ello, hubo otras cuestiones a las que aún hoy no le encuentro justificación, como es el gravísimo hecho de hacer que La Legión desfilara a 124 pasos por minuto en vez de a sus habituales 160. En fin...

Y llegamos a 2025. Como en años anteriores, vi el desfile en diferido por la tarde y, de nuevo, por la noche —a pesar de esta sobredosis dormí bastante bien después—. Me gusta verlo o, mejor dicho, visionarlo, según la segunda acepción que da la RAE, en diferido para poder rebobinar si necesito fustigarme fijándome en algo concreto cuando me cuesta creer que es real lo que estoy viendo.

Como luego me vengo arriba enrollándome con lo que no me gustó, que suele ser mucho, voy a empezar por lo que sí me gustó, que suele ser poco.

Lo primero que tengo que decir es que me alegró ver que de nuevo volvieron a desfilar esas unidades que nunca debieron haber faltado: los Esquiadores-Escaladores y los Paracaidistas. Y me alegró más aún que los paracaidistas fueran vestidos con el uniforme tradicional de tejido sarga de color verde (ver https://elfurriel.blogspot.com/2023/07/el-sarga.html) y no con el paracaídas.

También me alegró ver que en la Academia General del Aire (y del Espacio) han tomado la acertada decisión de que las mujeres desfilen con gorra de plato, como se hace en el Ejército de Tierra. En una época en la que se nos mete con calzador una superflua y política igualdad entre sexos —géneros se le llama ahora, como si de palabras se tratara— los marinos impusieron ese horrible gorro femenino a sus mujeres. Lo copió la Aviación, luego los Cuerpos Comunes y, finalmente y para no ser menos absurdos que nadie, el Ejército de Tierra. 

Pero el ET tuvo al menos el sentido común de que en formación, por motivos de uniformidad, todo el mundo lleve la misma prenda de cabeza. Por ello en las academias, que por tanta proliferación de boinas espesiales en unidades Delta Forceson ya prácticamente los únicos que usan gorra de plato, las mujeres siempre han llevado gorra de plato en formación —del despropósito de la nueva boina de la AGBS ya hablaré otro día—. Recientemente, incluso, ya se ha autorizado en el ET a que fuera de formación las mujeres, igual que con la falda y el pantalón, puedan usar potestativamente gorro femenino o gorra de plato. Vamos, que el gorrito de las narices tiene los días contados, espero. A ver si cunde el ejemplo en la Armada y en los Cuerpos Comunes. Más que nada por mantener la uniformidad (una forma) y la igualdad.

Y ya, salvo que el capitán del EA (y del E) que comentó el desfile junto a los periodistas me sorprendió porque parece que se trabajó un poco la información, ya no encuentro nada que me gustara de todo el desfile. Bueno, tampoco fue para tirar cohetes, pero acostumbrados a lo que estamos acostumbrados con los militares que suelen comentar estos desfiles, pues a éste al menos se le vio que se había preocupado un poco en buscar en Google información sobre las unidades. Lo malo es que en internet te puedes encontrar de todo, cierto o falso. Y esto le pasó, que dijo algunas cosas que...

Por ejemplo, una de las dos versiones que dio del porqué del paso legionario, pues fue un poco absurda, aunque alguien la haya escrito por ahí en algún lado por internet. Dijo que es un paso rápido porque los oficiales en La Legión iban a caballo y los legionarios tenían que andar deprisa para ir a su ritmo. Es decir, que según ese argumento así debería desfilar todo el ET, porque en todas las unidades los oficiales iban a caballo.

¡Ah! Y también dijo que por eso los oficiales de La Legión llevaban manoplas, porque eran las manoplas de la caballería. JAJAJAJAJAJA, creo que lo buscó en alguna película del oeste.


Pero cuando le preguntaron que por qué los Regulares desfilaban tan despacio, pensé a ver qué milonga cuenta éste, pero no, acertadamente dijo que lo había buscado en muchos sitios y no encontró nada. Me gustó porque el tío se preocupó en buscarlo y, efectivamente, no hay nada por ningún lado. Yo llevo años buscando por qué hace unos pocos años empezaron a desfilar a 90 pasos por minuto cuando no hay ni una referencia ni vídeo antiguos en los que los Regulares desfilaran tan lentos. Ya sabemos que en España somos muy dados a llamar tradición a algo que se ha hecho un par de veces...

Y por lo demás, más de lo mismo que todos los años, o quizá peor.  No se libra ni una unidad. Unas más y otras menos, pero todas tienen premio. Alineaciones, braceos, distancias, fusiles detrás de la oreja, pérdidas del paso delante de la tribuna, uniformes grandes y pantalones muy largos, desfile muy forzado en algunos que resulta ridículo, etc, etc, y muchos más etecés.

No me gusta, pero ya no me cabreo. Ya no soy tan ingenuo de sentarme a ver el desfile del DFN con la esperanza de disfrutar del desfile. Pero bueno, como en tantas cosas he tirado ya la toalla. 

Pero aún hay cosas que me hierven la sangre. Termino de escribir este artículo en la noche del sábado 18 de octubre, día en el que los Caballeros Alumnos de 1º curso de la AGBS han jurado Bandera. Y lo han hecho con el uniforme de campaña porque, según dice radio macuto, no han llegado los uniformes para todos. Claro, el responsable de esto, sea quien sea, se ha encontrado de golpe con que este año "por primera vez" había que vestir a sus alumnos... Y eso que los procedentes de civil llevan en la academia desde el 18 de agosto, hace exactamente 3 meses.  

No escribo más por hoy que me caliento. Esto no tiene remedio. Se fusila muy poco...




07 septiembre 2025

EL DESEMBARCO DE ALHUCEMAS

Aunque definitivamente tuvo lugar el 8 de septiembre, hoy se cumplen cien años del inicio del Desembarco de Alhucemas, uno de los mayores éxitos militares de España y que, pese a los rencores de unos y, sobre todo, a los complejos de otros, es justo conmemorar para mantener viva la memoria de quienes escribieron aquella página de gloria en el libro de nuestra historia.

“Desembarco de Alhucemas” (José Moreno Carbonero). Depósito del Museo del Prado en el Museo del Ejército. 

Cuando la flota anglo-francesa apareció en el Estrecho de los Dardanelos en 1915, ya hacía al menos dos años que el General Francisco Gómez-Jordana tenía un plan para una operación anfibia en Marruecos, pero no terminaba de cuajar esa operación durante la larga y agotadora guerra en el Rif. La derrota de los aliados en su intento de desembarco en los Dardanelos, hundió aún más el plan de Gómez-Jordana en los cajones del Estado Mayor del Ejército. 

No existía aún un Alto Estado Mayor, ni un Estado Mayor Central, ni Conjunto, ni de la Defensa, ni nada por el estilo que pudiera asumir un planeamiento conjunto de una operación llevada a cabo por fuerzas terrestres navales y aéreas. Aunque la idea del desembarco era ansiada por los jefes y oficiales que operaban en Marruecos, la sombra del fracaso de ingleses y franceses en el desembarco en los Dardanelos echaba un poco para atrás al Gral. Primo de Rivera cuando más presión se le metía para que la llevara a cabo después de lo ocurrido en Annual en 1921. A pesar de ello, en 1924 Primo de Rivera compró a los británicos las barcazas K que habían empleado infructuosamente en el desastroso desembarco de 1915.

Fue el ataque de Abd-el-Krim a los franceses en su zona de protectorado lo que condujo a que, durante la Conferencia de Madrid, franceses y españoles decidieran poner en práctica ese antiguo plan de desembarco. Sería la primera operación conjunta (por tierra, mar y aire) y combinada (Francia y España) de la historia. 

Mi única intención con este artículo es mantener viva la memoria de aquellos soldados que se metieron en aquellas viejas barcazas ante un incierto futuro en las playas del norte de África y que emprendieron el principio del fin de la Guerra de Marruecos. A mi limitado nivel, me resisto a permanecer callado ante la silenciada celebración del centenario de aquella importante efeméride y este es mi granito de arena para mantener viva aquella gloriosa página de nuestra historia.

Pero no es mi intención escribir una larga y probablemente desacertada clase de historia sobre aquella tan importante gesta pues hay muchos que saben más de esto que yo, por lo que invito a mis pocos pero leales lectores a que disfruten del magnífico vídeo en el que el Coronel Sarmiento sintetiza de forma magistral las operaciones del Desembarco de Alhucemas: 




¡HONOR Y GLORIA A NUESTROS HÉROES!



24 agosto 2025

EL PEPINO

¿Quién no ha oído o dicho alguna vez "pepino" o su derivado "pepinazo" refiriéndose a un proyectil de artillería? Pues la historia, que tantísimas cosas nos enseña, nos explica el porqué de este coloquial nombre que, como en tantas otras ocasiones, se debe a la genuina habilidad del soldado español para poner mote a cualquier cosa.

Durante el siglo XIX se trabajaba en mejorar el sistema de ánima rayada en los cañones, algo medianamente conseguido en la fusilería, pero que en las piezas de artillería seguía dando ciertos problemas, tanto en la cantidad de residuos de pólvora que quedaban en el ánima tras el disparo como por la falta de precisión y bajo alcance de los proyectiles. 

En 1854 el ingeniero inglés Joseph Whitworth trabajó para solucionar estas deficiencias en los cañones de ánima rayada y patentó un sistema mediante el que el proyectil salía del arma girando sobre sí mismo gracias a su desplazamiento a través de un tubo que presentaba la particularidad de presentar una sección hexagonal y donde sus aristas seguían un trazado helicoidal. El proyectil se ajustaba perfectamente a este tipo de ánima ya que se fabricaba con la misma forma hexagonal-helicoidal que el ánima, con lo que se conseguía un giro más homogéneo en su trayectoria que con el sistema de rayado, mejorando su precisión y aumentando su alcance.

En España fue durante la III Guerra Carlista (1872-1876) cuando llegó el ya conocido como cañón Whitworth. Dotarse de artillería moderna y eficaz fue una gran inquietud del Estado Mayor del Ejército Carlista, ejército que contaba con una gran profesionalidad artillera como consecuencia de la presencia en sus filas de muchos oficiales provenientes del disuelto Cuerpo de Artillería en 1873. A propósito, algún día tendrá que escribir El Furriel sobre las disoluciones del Cuerpo de Artillería en España.

Al igual que sucedió con las armas ligeras, la mayoría del material de artillería del Ejército Carlista fue adquirido en el extranjero con fondos de las diputaciones provinciales vascas y navarra y fue el momento en el que llegaron a España los cañones Whitworth de diversos calibres. El número de piezas de artillería de las que disponía fue incrementándose a medida que la guerra avanzaba: en julio de 1873 contaban con 6 cañones y terminada la guerra tenían alrededor de 100, constituyendo más del 60% del total de piezas de artillería. Por lo tanto, si hay un cañón que se pueda considerar como típicamente carlista, es el Whitworth.




Cañón Whitworth de 75 mm. Museo Histórico Militar de Cartagena

La munición de estos cañones, que con terminología culta tenían forma de columna salomónica, tenía para el soldado español una forma mucho más de andar por casa y conociendo su habilidad para poner mote a todo, en España se empezó a conocer al proyectil Whitworth como el pepino, por la forma poligonal que tiene el pepino al quitarle la piel con un cuchillo en sentido longitudinal.

"Pepino" hexagonal de 12 libras Whitworth. Museo Histórico Militar de Cartagena





03 agosto 2025

EL PRÍNCIPE-SOLDADO

 El 28 de mayo de 1977 el actual Rey de España, Su Majestad Felipe VI, fue filiado como soldado del Regimiento de Infantería "Inmemorial del Rey" nº 1, pasando a encabezar la lista de soldados de su primera compañía. Tenía nueve años.


No era un juego de soldaditos ni el capricho de un niño. Era un acto arraigado en la tradición de la monarquía española por el que el heredero de la Corona, el futuro Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, filiaba en las filas del Ejército Español. Lo hacía como soldado. Un acto de cariño y reconocimiento del Rey a las Fuerzas Armadas y a la tradición.

Una tradición que inició la reina Isabel II en 1862 cuando decidió que su hijo Alfonso —Alfonso XII—fuera nombrado cabo de la Compañía de Granaderos del 1º Batallón del Regimiento de Infantería "Inmemorial del Rey". Este nombramiento se produjo en el contexto de la celebración de la toma de Tetuán por el Ejército Español. Le faltaban dos meses para cumplir los cinco años de edad.

El 14 de junio 1902 Alfonso XIII juraba lealtad a la constitución de 1876 —la que más años he estado en vigor en España— asumiendo la Corona de España y, a continuación, juraba lealtad a España sobre la Bandera entregada ese mismo día por la reina Victoria Eugenia al Inmemorial, regimiento en el que quedaba filiado desde ese momento como soldado de la 1ª Compañía. Acababa de cumplir dieciséis años.

Justo dieciocho años después, el 14 de junio de 1920, el Príncipe de Asturias don Alfonso de Borbón y Battenberg juró Bandera en la Casa de Campo como soldado del Inmemorial. Tenía trece años. Habría reinado como Alfonso XIV si no se hubiera cruzado en su vida una plebeya cubana y, sobre todo, si no se hubiera cruzado en la vida de todos los españoles la II República.

El comandante Franco y otros oficiales se fotografían con el primogénito de Alfonso XIII el día de su Jura de Bandera.

Es decir, durante más de ciento sesenta años, todos los herederos de la Corona de España formaron parte de la Lista de Revista del Regimiento Inmemorial del Rey desde niños antes de iniciar su verdadera formación militar, salvo Juan Carlos I por su especial forma de ser designado heredero por Franco en 1969, cuando ya tenía treintaiún años.  

Una bonita tradición muestra de la vinculación de la Corona con los Ejércitos de España, sin los que la Monarquía no habría existido jamás o, como mínimo, hace siglos que habría pasado a la historia. Aún pareciendo una cuestión totalmente superflua, no lo es. Hay varios ejemplos de miembros de las casas reales con nombramientos de coronel honorario. En España, por ejemplo, la reina Victoria Eugenia fue coronel del Regimiento de Cazadores de Caballería "Victoria Eugenia" y en Gran Bretaña la reina Camila lo es del Regimiento de Lanceros Reales. Pero que el futuro Rey de España formara parte de la tropa de un regimiento como simple soldado en vez de hacerlo como coronel, aunque fuera de forma honorífica, es muestra del máximo reconocimiento de la Corona a esos cientos de miles de jóvenes españoles que tantísima sangre han derramado por todo lo largo ancho de este mundo: nuestros soldados.

Sin embargo, ¿por qué con la princesa Leonor se ha roto esta bonita tradición? Los tiempos cambian, está claro, pero la principal diferencia entre un ejército y un banda de tíos armados más o menos organizados es la esencial importancia que tienen los valores morales, muchos de los cuales se sustentan en la tradición militar.

Cada vez estamos mejor preparados, somos más técnicos, sabemos más idiomas y hacemos muchos seminarios de liderazgo y cursos de igualdad de género en operaciones, pero... ¿y la tradición? No, ni de coña podemos contentarnos con alguna teórica de moral impartida por algún capitán rara avis a su compañía de uvas a peras ni con la lectura de la efeméride diaria en la orden ni con el acto de homenaje a nuestros muertos. La tradición hay que mantenerla y cultivarla, porque hay mucho que aprender de nuestros antepasados. 

Las tradiciones son como el honor para la Guardia Civil: una vez perdidas no se recobran jamás.

Cartilla del Guardia Civil

Este del príncipe-soldado es sólo un ejemplo de la pérdida de tradiciones y, por consiguiente, de la pérdida de identidad. Por desgracia han desaparecido muchas tradiciones cuya pérdida ha causado la ignorancia del porqué de las cosas, lo que lleva irremediablemente a que se hagan mal. 

Necesitamos más que nunca un consejo de ancianos que de vez en cuando ponga un poco de orden en el disparatado camino por el que estamos conduciendo a nuestros ejércitos, tan operativos, tan técnicos y tan modernos, pero que cada vez sabemos menos de dónde venimos y, me temo, a dónde vamos.



06 julio 2025

EL UNIFORME MILITAR

El ya lejano 2 de marzo El Furriel escribió su último artículo. Han pasado más de cuatro meses en los que he estado muy ocupado. Entre la Cuaresma con sus innumerables reuniones y actos de mi cofradía, la vorágine de la Semana Santa cartagenera, las posteriores labores de mantenimiento de infraestructuras en casa, la mudanza y demás trabajos logístico-domésticos, sin olvidar la preocupante situación en la que se encuentra últimamente nuestra queridísima España, no he tenido mucho tiempo para sentarme tranquilamente delante del ordenador y seguir bombardeando con mis pensamientos sobre la Milicia a mis pocos pero leales lectores. Pues bien, amenacé con volver y aquí estoy de nuevo.

Durante este tiempo he pensado mucho sobre cuál sería el asunto del que hablaría aquí cuando volviera. El día a día da para mucho a la hora de recopilar ideas. El problema es que tengo que desechar muchas de esas ideas porque son temas delicados y uno tiene que morderse la lengua... al menos de momento. Al final acabo por volver a lo que inicialmente dio pie al nacimiento del Furriel, como exponía en julio de 2023 en el artículo NACE EL FURRIEL: explicar a los jóvenes militares cosas que ya no se explican en las academias, su porqué, conductas que se han perdido y otra serie de aspectos derivados de la experiencia tras cuarenta años de servicio a España vistiendo el uniforme militar.

Y es, precisamente, el uniforme militar el que ha sido el tema elegido para este regreso. Ya sabe quien me conoce profesionalmente la importancia que siempre le he dado a la uniformidad y por ello, un compañero y, sin embargo, amigo me envió el otro día una foto que sabía que me "encantaría". Tuve que verla con detenimiento varias veces para comprobar que no se trataba de la policía local de un pueblo pequeño ni de una empresa civil; se trataba del programa semanal de una compañía del Ejército Español firmado por su capitán en el que figuraba "revista de traje de gala".

¡¿Traje?! Amosaver, funcionario; un traje es lo que usan los civiles, los militares usamos uniforme. Se llama u-ni-for-me, joé. Es nuestra segunda piel y nuestra seña de identidad ante los ojos de la sociedad a la que servimos. Con tu deficiente forma militar de hablar, vístete con traje —de luces o de lagarterana, lo que prefieras— y deja el uniforme para quienes seguimos sintiéndonos orgullosos de ponérnoslo cada mañana y, aunque llevemos cuarenta años haciéndolo, tememos que llegue el inevitable momento en el que tengamos que colgarlo en el armario y guardarlo como nuestra más preciada reliquia. Si quieres seguir sirviendo a la Patria con las armas, ponte con orgullo un uniforme, no un traje. Si prefieres un traje, en Amazon hay sitio.

Soy consciente de que este capitán no es el único que llama habitualmente traje al uniforme; a mí me duele la boca de decírselo a muchos militares, pero una cosa es decirlo de forma informal y otra muy distinta es plasmarlo en un documento oficial. También soy consciente de que se dice sin saber porque está demasiado generalizado que se deja de usar la tradicional forma de llamar a las cosas sin que nadie lo corrija. Si nadie enseña a los jóvenes, ellos no van a aprender por sí solos el porqué de las cosas.

Aunque no adorna el vestido al pecho, el uniforme es, o debería de ser, una cuestión primordial en cuanto a su carga mística y moral en un ejército que se viste por los pies. No, no se trata de que sea la más primordial de las cuestiones que afectan a los ejércitos, pues no lo es ni de lejos, pero sí de que sea algo lo suficientemente importante como para no dejarlo olvidado nunca, o casi nunca.

Los militares somos un grupo de personas que tenemos vocación de servicio a la Patria y trabajamos para la más alta responsabilidad que puede tener un español: la defensa militar de España. Otros sirven de otra manera —no menos importante en muchos casos— pero nos distinguimos de ellos por el uso de un uniforme militar que es casi nuestra propia piel y nos identifica ante la sociedad a la que servimos. De ahí su importancia. De hecho, son varios los artículos sobre uniformidad en los que he hablado sobre ella.

Todos conocemos los versos de Calderón de la Barca en los que resta importancia a la forma de vestir del soldado.

Aquí la necesidad
no es infamia; y si es honrado,
pobre y desnudo un soldado
tiene mayor calidad
que el más galán y lucido;
porque aquí a lo que sospecho,
no adorna el vestido al pecho,
que el pecho adorna al vestido.

Sí, unos bonitos versos muy acertados y llenos de mensaje, pero que en parte pierden su valor cuando se sacan del contexto en el que se escribieron. Calderón escribió esto en el siglo XVII, cuando las tropas no disponían aún de un uniforme que identificara a los ejércitos o a sus unidades. En esa época el soldado español se identificaba por una seña roja —carmesí, más concretamente—, ya fuera un brazalete, una cinta en el sombrero, una faja o una banda, como ya lo escribí en el artículo FAJAS Y BANDAS. Cada uno se vestía con la ropa que tuviera y que, según su poder económico, era más o menos vistosa. Era la época en la que la vestimenta era más cursi, e incluso afeminada, cuanto mayor fuera el estatus social y económico de ese hombre y los ejércitos no fueron ajenos a esas modas. En ese contexto tiene sentido lo escrito por Calderón, pero no se puede justificar la despreocupación por el uniforme con una idea de hace cuatro siglos, cuando éste ni existía. 

Tampoco actualmente es infamia la necesidad, pero en este asunto no hay necesidad. El soldado ya no viste como buenamente puede, pues se le proporciona el uniforme y, además, una ayuda mensual para paliar los gastos de vestuario, aunque todo el mundo sabe que nadie, absolutamente nadie, se gasta los casi treinta euros de la nómina mensual en ese concepto. 

Tenemos todos claro que en instrucción, maniobras y campaña el uso adecuado y correcto del uniforme pasa a uno de los últimos lugares en las prioridades del soldado, pero no debe pasar al último plano por ser poco importante, sino porque las condiciones de vida no son las adecuadas para tenerlo como si saliera del paquete del AVET. El uniforme, aunque sea en campaña, hay que mantenerlo en las mejores condiciones posibles porque, como ya escribí hace un par de años, la guerra no es miseria.

Llamar traje al uniforme demuestra una carencia total de significado moral para quien así lo nombra. No es de extrañar, por consiguiente, que se vea a militares con las pintas que llevan. Supongo que estamos de acuerdo en que los tallajes del PCAMI están mal, en las de los pantalones sobre todo. Si te llega largo, que es lo habitual, pues le metes dobladillo y listo. Es decir, te preocupas un poco por llevarlo en condiciones. Lo que no es de recibo es que te lleguen unos pantalones que podrían valerle a un tío diez centímetros más alto que tú y te los plantes como si nada pasara. Pues sí pasa, sí; que llevas unas ridículas pintas de Cantinflas.


Y lo que se ve en la siguiente foto en la que el protagonista colgó en sus redes sociales tan orgulloso de su innoble pinta, no requiere más comentarios. La imagen habla por sí sola.



En resumen, el uniforme es la segunda piel que acogernos los militares cuando ingresamos. El uniforme no es una seña de identidad personal, sino una seña de identidad de la colectividad del Ejército Español, de sus glorias y de los hombres que las consiguieron para España. 

El uniforme ha sido la mortaja de muchos héroes, démosle el respeto que se merece.


02 marzo 2025

50 AÑOS DE INSTRUCCIÓN. NI UN DÍA MÁS.

Hace unas semanas escribía en el artículo sobre el BIP que hace tiempo me comprometí a hablar del Batallón de Instrucción Paracaidista y del porqué de su disolución. En él conté la historia del BIP desde su nacimiento como Unidad de Depósito e Instrucción hasta su disolución como Unidad de Formación Paracaidista. Hoy hablaremos de las vicisitudes sufridas por esta unidad en sus últimos años de existencia.

La creación de la UDI en 1961 inició una historia que cumpliría cincuenta años en 2011, justo el año en el que se disolvió la UFPAC. Entre UDI, BIP y UFPAC fueron cincuenta años instruyendo principalmente a a paracaidistas, pero también a otro gran número de soldados y legionarios. Fueron 50 años instruyendo, ni un día más.

Durante décadas el BIP era la unidad de instrucción de la Brigada Paracaidista, una unidad que se salía un poco de la norma, al igual que La Legión, en cuanto a las condiciones de servicio de su tropa. La firma de un compromiso semi-profesional, con mayor sueldo que el soldado de remplazo corriente y la mayor posibilidad de reenganche no cabe duda de que marcaban unas de las muchas diferencias entre una CLP y un soldadito de reemplazo en otra unidad. 

Pero claro, esa diferencia de condiciones de alistamiento y de sueldo era consecuencia de las exigencias de esta unidad, no al revés. Lo mismo ocurría en La Legión: no era exigente porque se cobrara más, se cobraba más porque era más exigente.

Pues bien, indudablemente una mayor exigencia en las unidades requería una mayor exigencia en la instrucción. No era lo mismo la instrucción de un recluta en un CIR (Centro de Instrucción de Reclutas) que en el BIP, donde todo el que entraba por su puerta lo hacía voluntariamente. Hasta los años 80 en el BIP aún existía el Pelotón de Castigo, coloquialmente llamado el pelote. 

En el BIP se daba caña, mucha caña. El paracaidista llegaba en las mejores condiciones posibles a su unidad de destino en Alcalá —como se resumía comúnmente a todas las unidades de la BRIPAC alojadas en Alcalá de Henares—. Hay que recordar que la UDI se creó con oficiales, suboficiales y auxiliares de instrucción que poco tiempo antes habían estado combatiendo en Ifni. Su conocimiento de la realidad del combate les llevaba a instruir con exigencia a los futuros paracaidistas, de los que nadie sabía qué les depararía el destino, pero muy probablemente les podía conducir a otra guerra. 

El caso es que esa forma de instruir se fue heredando año tras año tanto por los oficiales y suboficiales como por los auxiliares de instrucción destinados en el BIP. Es cierto que los que estábamos destinados en unidades de Alcalá veíamos cómo venían de Murcia los celepés y criticábamos la instrucción por la tan extendida y odiosa máxima del militar español de hablar mal del trabajo de otras unidades sin conocerlas. No éramos conscientes de las condiciones en las que trabajaban los instructores para conseguir que un gran puñado de civiles se convirtieran en soldados en un par de meses y tuvieran agallas para bajarse de un avión en marcha con armamento y equipo, por la noche y al límite de viento.

Así fueron sucediéndose los años en una época en la que los reemplazos anuales llenaban los cuarteles. Pero llegó la hora de los insumisos de mierda y de los objetores de conciencia que se multiplicaban año a año, comenzando a crear problemas en las plantillas de los cuarteles. En esas estábamos cuando se crearon y se sucedieron distintos formatos de compromiso profesional empezando por el Voluntariado Especial, siguiendo por los Militares de Empleo de Tropa hasta los Militares Profesionales de Tropa. 

En un principio esta profesionalización era algo testimonial por dos motivos principalmente: la carga que podría suponer a los presupuestos Generales del Estado una profesionalización total de la tropa con un ejército de más de 300.000 tíos y el miedo de los políticos de finales de los 80 a un ejército totalmente profesional. No olvidemos que cuando entró en vigor la Ley 17/89 Reguladora del Régimen del Personal Militar Profesional sólo hacía ocho años que se había producido el golpe de estado del 23-F y muchos políticos de cierta tendencia odiaban —o temían— a cualquier persona vestida de uniforme. 

Las vacas flacas cada vez fueron más flacas porque los jóvenes españoles cada vez eran más insumisos y más objetores. Por ello la profesionalización de la tropa dejó de ser algo testimonial (cuatro o cinco voluntarios especiales por compañía) para incrementarse considerablemente la oferta de plazas para Metopa (Militar de empleo de Tropa Profesional). 

Seguro que fue recompensado con alguna Cruz del Mérito Militar por su magnífico trabajo quien parió el sistema , pero lo que creó fue una birria al no prever las consecuencias de lo que ocurriría en caso de cumplirse la hipótesis más desfavorable, que se cumplió. Cuando ya se estaba fraguando y mucho se hablaba a finales de los 90 sobre el fin de la Mili, empezaron a publicarse plazas de soldado en un gran número para todas las unidades de las Fuerzas Armadas. Algunos —el condecorado y el que lo condecoró— se creían que las condiciones para ser soldado eran la panacea y que iba a haber tortas para entrar y que una vez dentro iba a haber tortas por llevar una vida dura. Nada más lejos de la realidad: no se cubrían las plazas y un gran número de los que ingresaban pedían la baja porque nadie les llevaba el desayuno a la cama a las once de la mañana. 


Pero en el BIP se seguía con el nivel de exigencia de siempre. La mentalidad de la BRIPAC seguía siendo realista y el propósito era formar a los mejores soldados de la Patria, a sabiendas de que en cualquier momento habría que demostrarlo, como ocurrió en Ifni, Sáhara o Bosnia.

Y llegó la suspensión del Servicio Militar a final de 2001 y se produjo un grandísimo problema que no hacía falta ser muy listo ni tener ningún curso de altos estudios militares pasa saber que iba a producirse. Las Fuerzas Armadas empezaban a tener una grandísima carencia de tropa y marinería.

El Mando de Personal del Ejército de Tierra —y de los otros dos ejércitos, supongo— empezó a preocuparse y necesitaba cantidad; las unidades, conscientes de la realidad de las unidades que en esos años estaban ya desplegadas en Bosnia y Kosovo, necesitaban calidad. Por ello el Ejército comenzó un proceso de suavización de la instrucción con el fin de suprimir una instrucción exigente que impidiera que no se cubrieran las plazas ofertadas. 

Por ejemplo, hasta entonces en los centros de formación de tropa, existía una nota final resultante de la evaluación práctica y teórica, más una nota de "concepto", como existía en cualquier centro de formación de oficiales o de suboficiales. Esta nota de concepto, que se basaba en una serie de parámetros como la disciplina, el sacrificio, la voluntariedad, etc., no era una nota arbitraria pues el jefe de la compañía debía justificar cada nota. En esa época el aspirante a soldado profesional, en el ingreso, sólo elegía arma o cuerpo y su destino dependía de su nota final. La nota de concepto menor a 5 suponía la baja automática en el centro de formación con derecho a repetir toda la instrucción una sola vez.

Evidentemente, entre la instrucción que no llegaba a suavizarse como se pretendía y que a algunos no les gustaba el destino que les había llegado por su puesto obtenido, se producía un elevadísimo número de bajas voluntarias. En algunos casos, como el BIP, este número de alumnos que se piraban a su casa se acercaba a veces al 40%. Estaba claro que las FAs no podían funcionar con el 60% de la tropa. 

Compañías desactivadas por falta de tropa o activadas y con sólo un par de cabos fue una tónica demasiado habitual en la mayoría de unidades del Ejército Español. Y por ahí algunos, no políticos precisamente, se vanagloriaban del éxito de la profesionalización de las FAs. En fin, Serafín...

Llegó enero de 2003 y todos los centros de formación de tropa pasaron a depender de la Dirección de Enseñanza, en la que se se creó la Subdirección de Formación de Tropa —al mando de un General de Brigada— y se comenzó a tutorizar a todos los centros de forma homogénea, aunque los resultados no resultaron ser todo lo homogéneos que se deseaba. 

El BIP dejó de estar encuadrado en la BRIPAC para pasar a integrarse en la Academia de Infantería con el nombre de Unidad de Formación Paracaidista. Todas las academias especiales tenían su centro de formación de tropa y, además, estaban los CIMOV 1 y 2 (actuales CEFOT)  y el Centro de Formación de Tropa de Canarias. La Academia de Infantería tenía dos: el suyo propio en Toledo y la UFPAC en Javalí Nuevo (Murcia), donde seguíamos vistiendo de paracaidistas, con exigencia del curso y pasando de ser instructores a ser profesores (con huevo frito de profesor en el uniforme incluido), como ya conté el otro día en este artículo.


Se pretendió dar un giro a la formación de tropa que se consiguió en parte; se pasó a tener "alumnos", los profesores hacíamos el Curso de Aptitud Pedagógica y se creó el Curso Avanzado de Instructor —incongruente nombre cuando se empeñaban en que éramos profesores, no instructores—. Pero seguía existiendo el problema de la cantidad. Ni aumentando cada vez más la oferta a extranjeros —cursimente y tontamente llamados no nacionales— se acababa con el problema. Tampoco que el soldado eligiera su unidad de destino cuando solicitaba ingresar en las FAs ni que la nota de concepto ya no pudiera se inferior a 5 lo solucionaban. 

Es cierto que en algunos centros de formación el problema se redujo bastante, pero no del todo. Donde no se redujo esa falta de cantidad fue en la UFPAC, donde seguíamos mentalizados de la importancia de la calidad. Convivíamos con una unidad paracaidista, la III BPAC, cuyos oficiales y suboficiales necesitaban calidad, ya que comenzaron los despliegues en Afganistán y esa carencia de tropa hacía que CLPs recién llegados tuvieran que desplegar en pocos meses en Afganistán, donde nosotros sabíamos que se estaban pegando y recibiendo tiros, pero que no teníamos tan claro que lo supieran los que seguían prefiriendo cantidad.

Por eso los profesores destinados en la UFPAC, reforzados por oficiales y suboficiales de la BRIPAC y del MOE en cada ciclo, teníamos claro que a nuestros compañeros de empleo de las unidades no les podíamos enviar, para ir a pegar tiros a Afganistán, mucha gente aunque fueran pegándose tiros en su propias botas. El nivel de exigencia no se mantuvo, se incrementó.

Una prueba de ello es que el Gral. Bataller Alventosa, a la sazón Subdirector del Tropa de la DIEN, organizó una visita de los jefes de los centros de formación a la UFPAC —no recuerdo si fue 2008 o por ahí—. Durante la misma llegamos a sonrojarnos, pues el General decía abiertamente que el modelo de la UFPAC era el que debían seguir los demás centros y que podían ver los resultados (pruebas físicas, tiro, campo, etc.). Recuerdo que el TCol. Jefe del CEFOT de la Academia de Ingenieros, que había sido unos años antes mi profesor de Táctica de Zapadores, me decía que no se creía que tuvieran esas puntuaciones en tiro a 100 m y que habíamos perforado los blancos antes; o el Coronel de la Academia de Artillería, que decía que ese campo medía menos de 100 m. Se les demostró su error poniendo blancos nuevos y midiendo delante de ellos el campo. El Gral. Bataller, con una mentalidad militar forjada durante muchos años de Legión y de Operaciones Especiales, tenía claro que se necesitaba calidad por encima de cantidad.


Cuando un alumno pedía la baja voluntaria, los jefes de pelotón, sección y compañía debíamos hablar con él e intentar convencerle de que se lo pensara mejor, que aguantara un poco más, etc. En la UFPAC, si el tío pedía la renuncia a media mañana, para la hora de comer estaba ya fuera del cuartel de paisano y esperando al autobús para volver a su casa. Si un tío renunciaba una vez, era una tontería perder el tiempo intentando convencerle, porque volvería a querer irse a la semana y, si no, cuando llegara a la unidad se daría de baja psicológica. De modo que lo teníamos claro: ¿te quieres ir? pues ya estás tardando en entregar las sábanas...

En esos años las bajas durante la formación en la UFPAC ascendían al 43 % y aún así, se colaron todavía algunos que no se merecían haber aprobado. Finalmente, a pesar de todos los intentos del Gral. Jefe de la BRIPAC por evitarlo, la UFPAC fue disuelta el 31 de diciembre de 2011. 

50 años, ni un día más...