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Hablar pocas veces de la profesión militar es una de las pruebas de gran desidia e ineptitud para la carrera de las armas. (Del art. 14 de las RR.OO de las FAs)
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02 marzo 2025

50 AÑOS DE INSTRUCCIÓN. NI UN DÍA MÁS.

Hace unas semanas escribía en el artículo sobre el BIP que hace tiempo me comprometí a hablar del Batallón de Instrucción Paracaidista y del porqué de su disolución. En él conté la historia del BIP desde su nacimiento como Unidad de Depósito e Instrucción hasta su disolución como Unidad de Formación Paracaidista. Hoy hablaremos de las vicisitudes sufridas por esta unidad en sus últimos años de existencia.

La creación de la UDI en 1961 inició una historia que cumpliría cincuenta años en 2011, justo el año en el que se disolvió la UFPAC. Entre UDI, BIP y UFPAC fueron cincuenta años instruyendo principalmente a a paracaidistas, pero también a otro gran número de soldados y legionarios. Fueron 50 años instruyendo, ni un día más.

Durante décadas el BIP era la unidad de instrucción de la Brigada Paracaidista, una unidad que se salía un poco de la norma, al igual que La Legión, en cuanto a las condiciones de servicio de su tropa. La firma de un compromiso semi-profesional, con mayor sueldo que el soldado de remplazo corriente y la mayor posibilidad de reenganche no cabe duda de que marcaban unas de las muchas diferencias entre una CLP y un soldadito de reemplazo en otra unidad. 

Pero claro, esa diferencia de condiciones de alistamiento y de sueldo era consecuencia de las exigencias de esta unidad, no al revés. Lo mismo ocurría en La Legión: no era exigente porque se cobrara más, se cobraba más porque era más exigente.

Pues bien, indudablemente una mayor exigencia en las unidades requería una mayor exigencia en la instrucción. No era lo mismo la instrucción de un recluta en un CIR (Centro de Instrucción de Reclutas) que en el BIP, donde todo el que entraba por su puerta lo hacía voluntariamente. Hasta los años 80 en el BIP aún existía el Pelotón de Castigo, coloquialmente llamado el pelote. 

En el BIP se daba caña, mucha caña. El paracaidista llegaba en las mejores condiciones posibles a su unidad de destino en Alcalá —como se resumía comúnmente a todas las unidades de la BRIPAC alojadas en Alcalá de Henares—. Hay que recordar que la UDI se creó con oficiales, suboficiales y auxiliares de instrucción que poco tiempo antes habían estado combatiendo en Ifni. Su conocimiento de la realidad del combate les llevaba a instruir con exigencia a los futuros paracaidistas, de los que nadie sabía qué les depararía el destino, pero muy probablemente les podía conducir a otra guerra. 

El caso es que esa forma de instruir se fue heredando año tras año tanto por los oficiales y suboficiales como por los auxiliares de instrucción destinados en el BIP. Es cierto que los que estábamos destinados en unidades de Alcalá veíamos cómo venían de Murcia los celepés y criticábamos la instrucción por la tan extendida y odiosa máxima del militar español de hablar mal del trabajo de otras unidades sin conocerlas. No éramos conscientes de las condiciones en las que trabajaban los instructores para conseguir que un gran puñado de civiles se convirtieran en soldados en un par de meses y tuvieran agallas para bajarse de un avión en marcha con armamento y equipo, por la noche y al límite de viento.

Así fueron sucediéndose los años en una época en la que los reemplazos anuales llenaban los cuarteles. Pero llegó la hora de los insumisos de mierda y de los objetores de conciencia que se multiplicaban año a año, comenzando a crear problemas en las plantillas de los cuarteles. En esas estábamos cuando se crearon y se sucedieron distintos formatos de compromiso profesional empezando por el Voluntariado Especial, siguiendo por los Militares de Empleo de Tropa hasta los Militares Profesionales de Tropa. 

En un principio esta profesionalización era algo testimonial por dos motivos principalmente: la carga que podría suponer a los presupuestos Generales del Estado una profesionalización total de la tropa con un ejército de más de 300.000 tíos y el miedo de los políticos de finales de los 80 a un ejército totalmente profesional. No olvidemos que cuando entró en vigor la Ley 17/89 Reguladora del Régimen del Personal Militar Profesional sólo hacía ocho años que se había producido el golpe de estado del 23-F y muchos políticos de cierta tendencia odiaban —o temían— a cualquier persona vestida de uniforme. 

Las vacas flacas cada vez fueron más flacas porque los jóvenes españoles cada vez eran más insumisos y más objetores. Por ello la profesionalización de la tropa dejó de ser algo testimonial (cuatro o cinco voluntarios especiales por compañía) para incrementarse considerablemente la oferta de plazas para Metopa (Militar de empleo de Tropa Profesional). 

Seguro que fue recompensado con alguna Cruz del Mérito Militar por su magnífico trabajo quien parió el sistema , pero lo que creó fue una birria al no prever las consecuencias de lo que ocurriría en caso de cumplirse la hipótesis más desfavorable, que se cumplió. Cuando ya se estaba fraguando y mucho se hablaba a finales de los 90 sobre el fin de la Mili, empezaron a publicarse plazas de soldado en un gran número para todas las unidades de las Fuerzas Armadas. Algunos —el condecorado y el que lo condecoró— se creían que las condiciones para ser soldado eran la panacea y que iba a haber tortas para entrar y que una vez dentro iba a haber tortas por llevar una vida dura. Nada más lejos de la realidad: no se cubrían las plazas y un gran número de los que ingresaban pedían la baja porque nadie les llevaba el desayuno a la cama a las once de la mañana. 


Pero en el BIP se seguía con el nivel de exigencia de siempre. La mentalidad de la BRIPAC seguía siendo realista y el propósito era formar a los mejores soldados de la Patria, a sabiendas de que en cualquier momento habría que demostrarlo, como ocurrió en Ifni, Sáhara o Bosnia.

Y llegó la suspensión del Servicio Militar a final de 2001 y se produjo un grandísimo problema que no hacía falta ser muy listo ni tener ningún curso de altos estudios militares pasa saber que iba a producirse. Las Fuerzas Armadas empezaban a tener una grandísima carencia de tropa y marinería.

El Mando de Personal del Ejército de Tierra —y de los otros dos ejércitos, supongo— empezó a preocuparse y necesitaba cantidad; las unidades, conscientes de la realidad de las unidades que en esos años estaban ya desplegadas en Bosnia y Kosovo, necesitaban calidad. Por ello el Ejército comenzó un proceso de suavización de la instrucción con el fin de suprimir una instrucción exigente que impidiera que no se cubrieran las plazas ofertadas. 

Por ejemplo, hasta entonces en los centros de formación de tropa, existía una nota final resultante de la evaluación práctica y teórica, más una nota de "concepto", como existía en cualquier centro de formación de oficiales o de suboficiales. Esta nota de concepto, que se basaba en una serie de parámetros como la disciplina, el sacrificio, la voluntariedad, etc., no era una nota arbitraria pues el jefe de la compañía debía justificar cada nota. En esa época el aspirante a soldado profesional, en el ingreso, sólo elegía arma o cuerpo y su destino dependía de su nota final. La nota de concepto menor a 5 suponía la baja automática en el centro de formación con derecho a repetir toda la instrucción una sola vez.

Evidentemente, entre la instrucción que no llegaba a suavizarse como se pretendía y que a algunos no les gustaba el destino que les había llegado por su puesto obtenido, se producía un elevadísimo número de bajas voluntarias. En algunos casos, como el BIP, este número de alumnos que se piraban a su casa se acercaba a veces al 40%. Estaba claro que las FAs no podían funcionar con el 60% de la tropa. 

Compañías desactivadas por falta de tropa o activadas y con sólo un par de cabos fue una tónica demasiado habitual en la mayoría de unidades del Ejército Español. Y por ahí algunos, no políticos precisamente, se vanagloriaban del éxito de la profesionalización de las FAs. En fin, Serafín...

Llegó enero de 2003 y todos los centros de formación de tropa pasaron a depender de la Dirección de Enseñanza, en la que se se creó la Subdirección de Formación de Tropa —al mando de un General de Brigada— y se comenzó a tutorizar a todos los centros de forma homogénea, aunque los resultados no resultaron ser todo lo homogéneos que se deseaba. 

El BIP dejó de estar encuadrado en la BRIPAC para pasar a integrarse en la Academia de Infantería con el nombre de Unidad de Formación Paracaidista. Todas las academias especiales tenían su centro de formación de tropa y, además, estaban los CIMOV 1 y 2 (actuales CEFOT)  y el Centro de Formación de Tropa de Canarias. La Academia de Infantería tenía dos: el suyo propio en Toledo y la UFPAC en Javalí Nuevo (Murcia), donde seguíamos vistiendo de paracaidistas, con exigencia del curso y pasando de ser instructores a ser profesores (con huevo frito de profesor en el uniforme incluido), como ya conté el otro día en este artículo.


Se pretendió dar un giro a la formación de tropa que se consiguió en parte; se pasó a tener "alumnos", los profesores hacíamos el Curso de Aptitud Pedagógica y se creó el Curso Avanzado de Instructor —incongruente nombre cuando se empeñaban en que éramos profesores, no instructores—. Pero seguía existiendo el problema de la cantidad. Ni aumentando cada vez más la oferta a extranjeros —cursimente y tontamente llamados no nacionales— se acababa con el problema. Tampoco que el soldado eligiera su unidad de destino cuando solicitaba ingresar en las FAs ni que la nota de concepto ya no pudiera se inferior a 5 lo solucionaban. 

Es cierto que en algunos centros de formación el problema se redujo bastante, pero no del todo. Donde no se redujo esa falta de cantidad fue en la UFPAC, donde seguíamos mentalizados de la importancia de la calidad. Convivíamos con una unidad paracaidista, la III BPAC, cuyos oficiales y suboficiales necesitaban calidad, ya que comenzaron los despliegues en Afganistán y esa carencia de tropa hacía que CLPs recién llegados tuvieran que desplegar en pocos meses en Afganistán, donde nosotros sabíamos que se estaban pegando y recibiendo tiros, pero que no teníamos tan claro que lo supieran los que seguían prefiriendo cantidad.

Por eso los profesores destinados en la UFPAC, reforzados por oficiales y suboficiales de la BRIPAC y del MOE en cada ciclo, teníamos claro que a nuestros compañeros de empleo de las unidades no les podíamos enviar, para ir a pegar tiros a Afganistán, mucha gente aunque fueran pegándose tiros en su propias botas. El nivel de exigencia no se mantuvo, se incrementó.

Una prueba de ello es que el Gral. Bataller Alventosa, a la sazón Subdirector del Tropa de la DIEN, organizó una visita de los jefes de los centros de formación a la UFPAC —no recuerdo si fue 2008 o por ahí—. Durante la misma llegamos a sonrojarnos, pues el General decía abiertamente que el modelo de la UFPAC era el que debían seguir los demás centros y que podían ver los resultados (pruebas físicas, tiro, campo, etc.). Recuerdo que el TCol. Jefe del CEFOT de la Academia de Ingenieros, que había sido unos años antes mi profesor de Táctica de Zapadores, me decía que no se creía que tuvieran esas puntuaciones en tiro a 100 m y que habíamos perforado los blancos antes; o el Coronel de la Academia de Artillería, que decía que ese campo medía menos de 100 m. Se les demostró su error poniendo blancos nuevos y midiendo delante de ellos el campo. El Gral. Bataller, con una mentalidad militar forjada durante muchos años de Legión y de Operaciones Especiales, tenía claro que se necesitaba calidad por encima de cantidad.


Cuando un alumno pedía la baja voluntaria, los jefes de pelotón, sección y compañía debíamos hablar con él e intentar convencerle de que se lo pensara mejor, que aguantara un poco más, etc. En la UFPAC, si el tío pedía la renuncia a media mañana, para la hora de comer estaba ya fuera del cuartel de paisano y esperando al autobús para volver a su casa. Si un tío renunciaba una vez, era una tontería perder el tiempo intentando convencerle, porque volvería a querer irse a la semana y, si no, cuando llegara a la unidad se daría de baja psicológica. De modo que lo teníamos claro: ¿te quieres ir? pues ya estás tardando en entregar las sábanas...

En esos años las bajas durante la formación en la UFPAC ascendían al 43 % y aún así, se colaron todavía algunos que no se merecían haber aprobado. Finalmente, a pesar de todos los intentos del Gral. Jefe de la BRIPAC por evitarlo, la UFPAC fue disuelta el 31 de diciembre de 2011. 

50 años, ni un día más...

08 septiembre 2024

CÓMO HEMOS CAMBIADO

Con 40 años de servicio, echo la vista atrás y pienso cuánto hemos cambiado o, mejor dicho, cuánto han cambiado las Fuerzas Armadas españolas. Han pasado cuarenta años y es natural que tantas cosas hayan cambiado tanto. Pero, si entendemos la evolución como un cambio hacia adelante y como mejora ¿realmente hemos evolucionado? Pues depende en qué.

De pollo en 1983

Sólo soy un aficionado a la historia que cuento vivencias, mis vivencias. Por eso este de hoy no pretende ser un artículo sobre datos históricos, sino un resumen de los principales cambios que he experimentado a lo largo de mi vida militar mientras iba acumulando trienios. Vida militar que, aunque parezca raro, aún me sabe a poco...

Siempre he odiado —esto no es delito de odio ¿no?— a los "dices tú de mili" cuyas montañas que subían eran más altas, las marchas más largas, las guardias más frías y las maniobras más duras. A mí, como al Fary, nunca me han gustado los hombres blandengues, y menos si de militares se trata, pero la vida cambia porque cambia la sociedad y la evolución, en este caso sí, ha hecho que el hombre cambie a mejor en general. ¿Somos actualmente más blandos que los soldados de los tercios o que los legionarios romanos? Pues seguro que sí; el ser humano se ha ido acomodando a las facilidades que le ha ido dando la vida y, gracias a Dios, ahora con una simple aplicación informática conseguimos en unos segundos lo que hace siglos hacía un tío duro galopando de punta a punta de España para portar un mensaje. Esto es evolución.

Muchos de estos cambios han sido irremediables y no podrían no haber existido porque han sido producto de la vida misma. No podemos achacar a nadie algunos cambios lógicos y naturales por mucho que no nos gusten, pero hay otros que han sido producto de empeños de mentes pensantes que, supongo, no eran conscientes del gran daño que iban a crear a la Institución. El Plan Bolonia o la suspensión del Servicio Militar y la plena profesionalización de la forma tan chapucera que se hicieron, por poner unos ejemplos.

Veo mi foto de 1983 y pienso en cuántos tipos de botas distintas he tenido desde las famosas y duras como ninguna Segarra de tres hebillas hasta las actuales de boy scout; o cuántos tipos de uniformes de instrucción con sus más que discutibles diseños según se iban pariendo ideas y con su indiscutible y progresiva pérdida de calidad en sus tejidos. O pensar en los Nissan Patrol y Aníbal que hemos sufrido mientras añoramos aquellos durísimos Land Rover 109 que no necesitaban ni llaves para arrancar y cuya única avería podía ser que cogieran aire, solventándolas los propios conductores purgándolos en unos pocos minutos; bueno, a la holgura del volante te acostumbrabas pronto. Y del CETME L... mejor ni hablar.



Si me pusiera a enumerar uno por uno todos los cambios que he visto producirse en estos años faltarían días para escribir tanto: armamento, vehículos, material, equipo, normativa, procedimientos, organización, planes de estudios, sistemas de alistamiento, justicia militar, etc. En todos estos campos y en muchos más este ejército de hoy se diferencia bastante de aquél que yo conocí. Pero no es mi intención hablar de armamento o de vehículos; mi idea es hablar de cómo hemos cambiado los militares y nuestras formas de pensar y, como consecuencia, de actuar.

En primer lugar, ¿ha habido cambios positivos que nos hayan hecho evolucionar? Muchos, no cabe duda (a veces, demasiados), sobre todo en cuanto a políticas de personal con cada vez más derechos, pero también en cuanto a la preparación estratégica de nuestros cuarteles generales saltando por encima de la preparación operacional en la que nos movíamos en aquella época, en cuanto a la optimización y control de los recursos, en cuanto al aprovechamiento de la nuevas tecnologías o en cuanto a la imagen pública de las Fuerzas Armadas, por poner unos pocos ejemplos. Pero sin ningún lugar a dudas, si en algo hemos evolucionado de verdad, ha sido en la seguridad del personal. A pesar de que es posible que se nos haya ido la mano y a veces seamos demasiado exagerados con las medidas de seguridad, sobre todo en instrucción y adiestramiento, creo que ahora se hacen las cosas con más preocupación por la prevención de accidentes que antes. Ya no ves algo que antes todos veíamos tan natural, como ir un montón de tíos en la caja de un camión sin ni siquiera asiento para todos y, por supuesto, sin casco. O viajar de Zaragoza a Hoyo de Manzanares en un viejo autobús caqui con las mochilas amontonadas sobre nuestras cabezas.




Si comparáramos el ejército del siglo XXI con el del XVI, por ejemplo, seguro que hay muchísimas más diferencias que serían consecuencia de muchísimos factores, pero comparándolo con el de hace cuatro décadas, estoy convencido de que el cambio en las formas de los militares y del cambio de vida cuartelera ha sido, sobre todo, consecuencia de la profesionalización de la Tropa tras la suspensión del Servicio Militar.

La primera consecuencia de la profesionalización de la tropa ha sido que el cuartel dejaba de ser la casa del militar para pasar a ser el lugar de trabajo; y no me refiero a casa como domicilio, me refiero a casa como hogar. Tan es así que las viejas cantinas, que se llamaban en casi todos lados Hogar del Soldado, han pasado a llamarse cafetería, como en el Corte Inglés. Fuera de las horas de trabajo ya no hay nadie en los cuarteles. Ya no se convive en los cuarteles. Y este es uno de esos cambios que eran irremediables y lógicos cuando las personas tenemos vida más allá de la militar.

Pero la profesionalización llegó más allá. Durante la época del Servicio Militar, existía una distancia entre mandos y soldados que ahora no existe, o la distancia es más corta. Hay que tener en cuenta que en aquellos años los soldados estaban haciendo la Mili entre 20 meses y 9 meses, dependiendo de la época. Las Fuerzas Armadas eran muy grandes y estaban completamente cubiertas sus unidades con numeroso personal de reemplazo. Este personal llegaba, servía y se licenciaba y así iban corriendo los llamamientos de cada reemplazo anual y los mozos iban pasando. Esto, junto a la falta de conocimientos sobre el Ejército de aquella tropa, no ayudaba al acercamiento.


Pero con toda prisa política hubo que terminar con la mili en 2001. Se aceleró el proceso de profesionalización, pero no se consiguió completar los efectivos para dotar a todas las unidades del personal necesario, a pesar de que mediante los planes META de los años ochenta y RETO y NORTE de los noventa, el Ejército de Tierra se había reducido casi a la mitad en cuanto a número de unidades. Hacía falta soldados. 

Desde 1986 ya había algunos profesionales, los Voluntarios Especiales, pero eran un porcentaje bajísimo y no había más de tres o cuatro por compañía. En 1990 nacieron los Militares de Empleo de Tropa Profesional (METP, los conocidos como los metopas) que paliaron un poco el número de soldados tras la reducción del Servicio Militar a 9 meses y tras la proliferación de objetores de conciencia. Poco antes de 2001 habían ingresado algunos argentinos y uruguayos de ascendencia española, pero también suponían un muy bajo porcentaje. Fue en 2002 cuando se empezó a ofertar plazas de forma multitudinaria para españoles, sudamericanos y guineanos en nuestros ejércitos; había que completar plazas y los españoles no estaban muy por la labor de ser soldados (aún reinaba la idea de mili entre los jóvenes y muchos preferían dejarse el pelo largo, fumar porros y beber litronas en un parque mientras hablaban mal de España). 

A pesar de que desde 2002 hasta 2009 se incorporaban once ciclos por año, hubo verdadera dificultad para completar las plantillas. En la mayoría de unidades hubo que cerrar compañías por falta de tropa y en los centros de formación —yo me encontraba entonces destinado en el Batallón de Instrucción Paracaidista— se nos presionaba mucho para que los alumnos no pidieran la baja voluntaria; en unos centros fueron más tolerantes con la comodidad de los alumnos para retenerlos de cualquier forma y en otros nos costaba más llevarles el desayuno a la cama —ya contaré un día por qué disolvieron el BIP—. Este nuevo criterio de instrucción la justa para que no se disparen en un pie duró unos cuantos años en los que primaba la cantidad sobre la calidad. 


Con estos mimbres había que trabajar día a día y, además, responder a las más y más exigentes misiones internacionales en las que el personal debía estar perfectamente preparado. Ahora ya lo tenemos más asumido en algunos sitios, pero en aquella época fue muy fuerte tener que ver a empresas de seguridad controlando los accesos de algunos cuarteles por falta de soldados para hacer guardias.

Aquella distancia que había entre el mando y el soldadito de reemplazo fue reduciéndose hasta que con el soldado profesional acabó por desaparecer. Este hecho no cabe duda de que fue una evolución y un cambio muy positivo pues se llegó a que todas las unidades vivieran un espíritu de unidad distinto al que estaban acostumbrados y que era el que ya desde siempre habían vivido las unidades con tropa semi profesional, como La Legión o la Brigada Paracaidista. Pero se cambió demasiado rápidamente de chip y se llegó a dar al soldado unas responsabilidades para las que no estaba preparado. En muchos casos se comparaba al soldado con el Guardia Civil aduciendo a la profesionalidad de los dos. Esto, si bien técnicamente era cierto, no lo era en la realidad, debido principalmente a lo expuesto anteriormente sobre la deficiente instrucción con la que llegaban a las unidades.

El caso es que esa positiva evolución que redujo la distancia entre el soldado y el mando originó en un contacto mucho más cercano que, como es lógico y natural, acababa en amistad en muchos casos. Esto no debería entenderse como algo negativo, sino todo lo contrario, pero el problema es que ese buen rollito impide en ocasiones ejercer la autoridad como se debe. ¿Y cuáles son estas ocasiones? Pues en las que ni el subordinado —ya no hablo sólo de tropa— ni el superior saben estar en su sitio. La cercanía entre oficiales y suboficiales ya existía de antes, pero no era óbice para que si uno tenía que corregir al otro, lo corrigiera. Sin embargo, con la profesionalización de la tropa sí he observado mucho que no fue así y derivó en un paternalismo y confraternización mal entendidos. Creo que se ha confiado tanto en la profesionalidad de todos, que se ha llegado a ser poco exigentes con las actitudes de los que fallan.

Cada vez cuesta más corregir a un subordinado. En muchas ocasiones no se corrigen las faltas, aunque haya superiores delante. El purismo en la aplicación de la disciplina se ha relajado y ahora ya se califican las faltas no en leves, graves o muy graves, sino en bueno tampoco es para tanto o en cómo le voy a llamar la atención si es mi conductor o, lo que es peor, en me da corte llamarle la atención.

Y este es el principal cambio negativo que he observado en estos 40 años en cuanto a las actitudes de los militares. El caso del párrafo anterior es anecdótico, pero se ha impuesto un estilo de mando en el que cuesta corregir, a todos los niveles. Se dictan normas que se incumplen sistemáticamente, sobre todo en policía y uniformidad, y aquí no pasa nada. Se incumplen procedimientos y hasta órdenes directas y nada va más allá de una simple, muy simple, amonestación verbal, salvo que las consecuencias sean ya demasiado graves.

Como ya dije una vez en mi publicación dedicada a los nuevos oficiales y suboficiales, el artículo del Cabo de nuestras antiguas Reales Ordenanzas, y el del Militar en en las actuales, es la esencia misma del ejercicio del mando: hay que hacerse querer por el subordinado y hay que ser graciable con él, pero no hay que olvidar que hay que ser firme en el mando y no disimular jamás las faltas.

Por último, no podemos olvidar la política de derechos del personal que, si bien algunos eran necesarios, se han generado tantos que al final tanto derecho va en perjuicio de la operatividad de las unidades. Es complicado ya para un jefe de unidad disponer de todo su personal. Días de descanso adicional, de descanso obligatorio, de descanso por preparación, asuntos propios, licencias, excedencias, bajas médicas, paternidades, maternidades, lactancias, reducciones de jornada y flexibilidades horarias sólo van en perjuicio de la operatividad de las unidades y, como consecuencia, de la del Ejército. 

27 agosto 2023

¿VUELTA AL SERVICIO MILITAR?

Siendo capitán en la UFPAC (Unidad de Formación Paracaidista) arresté a un aspirante a CLP, unos días antes de su Jura de Bandera, a 14 días de arresto -qué fácil era entonces aplicar el Régimen Disciplinario-. No recuerdo el motivo, pero sería algo gordo para meterle tantos días.

El día de la Jura de Bandera se solía tener condescendencia con los alumnos y se "levantaban" los arrestos por faltas menores; a fin de cuentas estaban en su formación militar y se cometían fallos muy frecuentemente sin ningún tipo de dolo. Cuando era un arresto de 14 días no se solía "indultar" al alumno pues solía ser por un motivo algo más gordo que un simple fusil sucio o llegar tarde a formación. 


El caso es que, en la paella que se ofrecía tras la Jura a las familias de los jurandos, yo tenía la costumbre de pasarme por todas las mesas para saludar a las familias. Un padre, al que se veía feliz y orgulloso, se me acercó y me preguntó, iniciándose una pequeña conversación:

- Buenos días. ¿Es usted el capitán de Fulanito de Copas?
- Sí, soy yo. ¿Es su hijo? Felicidades por su Jura de Bandera.
- Quería darle las gracias por el trabajo que han hecho con mi hijo. Por fin le han enderezado.
- Perdone, pero no sé si le ha dicho que está arrestado y no podrá irse con ustedes este fin de semana.
- Sí, me lo ha dicho. No se preocupe, lo entiendo y me parece perfecto. Si ha hecho algo mal, que pague. Jamás le había visto tan responsable y tan disciplinado como desde que empezó su vida militar. Está claro que necesitaba mano dura.
- Bueno, ya sabe como es la juventud y la sociedad de ahora...
- Desde luego. Una buena mili les hacía falta a todos. Si se vuelve a desmadrar tiene mi permiso para educarlo como sea; incluso si tiene que soltarle un guantazo, le vendrá bien -hizo el ademán de empezar a contarme su mili, pero le corté rápidamente-.
- Verá usted, mi trabajo es hacer un paracaidista de su hijo, formándole táctica, técnica y moralmente para prepararle para el combate; puede que en unos meses esté desplegado en Afganistán pegando o recibiendo tiros. Lo que no me corresponde es conseguir en unos meses lo que debería haber hecho usted los dieciocho años anteriores. Cuando meta la pata militarmente, le corregiré, pero su educación es cosa suya...

Esta anécdota es un resumen de mi postura frente a la de los que creen que debería volver el Servicio Militar.

El Servicio Militar, la Mili, tuvo su razón de ser durante siglos. No era algo únicamente español; todos los ejércitos del mundo, con un sistema u otro, necesitaban que el pueblo, sus jóvenes, participaran en la defensa militar de su país. Así ha sido en otras épocas en las que el ejército de masas era la base de la operatividad de los ejércitos y en las que la mentalidad social no le era hostil en su mayoría.

En España este concepto de ejército de masas empezó a dejar de ser efectivo, al menos desde un punto de vista político, a partir de la promulgación de la Ley Orgánica de Criterios Básicos de Defensa Nacional de 1984. Se empezaba a hablar de la integración en estructuras multinacionales, en mejorar los niveles de operatividad a través de una mayor preparación del personal y del empleo de tecnologías más avanzadas. Paralelamente a esta ley, se fue fraguando el Plan META (Modernización del Ejército de Tierra), que llevó a cabo una serie de medidas para adaptar la organización del ET a la nueva situación. La antigua estructura territorial dio paso a una estructura operativa (Cuartel General, Fuerza y Apoyo a la Fuerza). El Plan META supuso la disminución del número de capitanías generales de 10 a 6, la desaparición de 116 unidades y la reducción de aproximadamente el 50 % de los efectivos. Este fue el principio del fin del Servicio Militar, que tardaría aún casi 20 años en suspenderse; años en los que, más que nunca, fue germinándose un espíritu anti militarista materializado en los objetores de conciencia y en los insumisos. La Mili no estaba de moda...

En resumen, la suspensión de la Mili no fue algo inmediato producto de una promesa electoral durante una legislatura; llevaba tiempo en el horno.

No voy a entrar a valorar cómo se llevó a cabo el suspensión de la Mili en España, ni lo que supuso, de golpe, la reducción de Tropa en las unidades, en muchas de las cuales hubo que cerrar literalmente compañías. La forma de ir hacia la plena profesionalización costó mucho...

No cabe duda de que la Mili ha hecho un gran servicio a España y tampoco cabe duda de que hizo un gran papel docente en unas épocas en las que llegaban a filas analfabetos o quintos que jamás habían salido de su pueblo. Tampoco hay que olvidar que la Mili era la mejor campaña de publicidad de las FAs; salvo casos particulares que no la realizaban, todo el mundo tenía un conocimiento de la Milicia más o menos aceptable. 


Era la época en la que la mayoría de los jóvenes procedía de familias en las que se practicaba la educación, el respeto o el esfuerzo. En el Ejército se les hablaba de otras cosas: de disciplina, de honor, de amor a la Patria, de espíritu de servicio o de compañerismo. 

Hay quien pide que hagan un Servicio Militar de aunque sea solo tres meses para "enseñarles lo que es bueno". A ver, señores, el Ejército no es un campamento de verano. Los militares somos padres de nuestros hijos y solo a ellos educamos. Que cada padre asuma sus responsabilidades -o como dicen por mi tierra, que cada perrico se lama su pijico-. Y si nadie les habla de España, igual es que el problema es de los padres en casa y del Ministerio de Educación en los colegios. 

En fin, que es de agradecer el alto concepto que del Ejército tienen muchos creyéndolo capaz de enderezar a los jóvenes (que lo es), pero ya no estamos para eso, estamos para otras cosas.

Ya no somos educadores de jóvenes, somos conductores de hombres.