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Hablar pocas veces de la profesión militar es una de las pruebas de gran desidia e ineptitud para la carrera de las armas. (Del art. 14 de las RR.OO de las FAs)

24 noviembre 2024

YA NO HAY HÉROES... NI LOS HABRÁ

 Un soldado pidió permiso a su teniente para adelantarse en el frente para rescatar a su camarada que había caído herido por el fuego enemigo. Su teniente no le autorizó porque su compañero ya habría muerto y no podía poner en riesgo una vida más. El soldado obedeció y volvió a su puesto, pero una fuerza interior le recomía: no podía abandonar a su camarada. Saltó de la trinchera y corrió hacia su camarada, lo recogió del suelo y echándoselo a la espalda, regresó con él a la posición. Al verlo llegar con el cuerpo ya sin vida de su compañero, el teniente le llamó la atención: te dije que no fueras, que estaría muerto; has desobedecido y has arriesgado tu vida sin necesidad. Entonces el soldado le contestó: cuando llegué aún vivía y antes de morir le dio tiempo a decirme "estaba seguro de que vendrías a por mí"

Esta historia, conocida en diferentes versiones, describe perfectamente al héroe. Pero realmente ¿qué es un héroe? Pues hay mucho escrito y muchas las definiciones y teorías sobre lo que es un héroe, pero podríamos resumirlas en esa persona cuya actitud, virtud o capacidad sobresaliente le hacen enfrentarse con valentía al peligro o a la adversidad en bien de otros, sin importarle sus propios riesgos. 

El concepto de héroe está íntimamente ligado al de honor, por eso a lo largo de la historia muchos héroes lo han sido porque su honor les llevó a actuar mucho más allá de lo que era su obligación. Nunca un héroe lo será si se limita a cumplir órdenes estrictamente, pues éstas tienen mucha parte de razonamiento y poca de alma, que es la que empuja al honor. Uno decide cómo actuar y actúa, pero el aséptico análisis de su acción se convertirá después en una Laureada o en un pelotón de fusilamiento, según cómo acabe la cosa. Cuando uno decide actuar escrupulosamente conforme a las órdenes, normas, tácticas, técnicas y procedimientos sin la más mínima capacidad de ejecución ni la más elemental libertad de acción y sin salirse ni un milímetro de lo estipulado, sin duda estará actuando de forma oficialmente correcta y nada se la podrá reprochar; será un buen cumplidor de órdenes y un gran disciplinado. Pero este tipo de personas jamás serán héroes. No se puede ser un héroe si sólo te limitas a cumplir lo que está escrito. 

Y no es que esté mal ser un exacto cumplidor de normas y demás literatura reglamentaria, pero hay ocasiones en las que tanto tu responsabilidad por el puesto que ocupas como por lo que tantos esperan de ti te obligan a tomar decisiones en cuestión de minutos. Para tomar la decisión de hacer lo que está escrito no hace falta todo un teniente general, por poner un ejemplo; es suficiente con tener a alguien que sepa leer e interpretar bien lo que está legislado. 

El cargo desempañado al alcanzar determinado empleo militar implica responsabilidad; mayor cuanto mayor es el empleo. Pero esta responsabilidad no se exterioriza únicamente con el estricto cumplimiento de lo que está escrito ni con la justificación de la nómina ante tus superiores, mucho menos cuando tus superiores son políticos, que nada entienden de estos valores de los que estamos hablando hoy.

La responsabilidad basada en el estricto cumplimiento de lo escrito no responde a ninguna capacidad de decisión, sino a saber leer, ser muy obediente... y poco más. La responsabilidad debe basarse en la disposición a asumir los riesgos derivados de una decisión, sean los que sean, y esas decisiones deberán estar guiadas por el sentido del deber, que no siempre está escrito.

El sentido del deber debe ser una de las líneas de acción del militar actuando como militar, que es por lo que cobra. Para mandar a unos miles de hombres a base de órdenes que no se salen ni un ápice de lo que está escrito —y más cuando está escrito por políticos— no hace falta ser, otra vez por ejemplo, teniente general. Mandar implica tomar decisiones y cuando éstas pueden no estar completamente recogidas en órdenes ministeriales, leyes y demás palabrería política, es cuando reviste verdadero valor el ejercicio del mando. 

La responsabilidad está íntimamente ligada al ejercicio del mando pues implica tomar decisiones a sabiendas de que pueden suponer el fin de tu carrera. Se decide actuar de determinada manera asumiendo toda la responsabilidad, para bien o para mal. Eso es mandar militarmente; lo contrario es ser un simple gestor de recursos humanos y recursos materiales. Y para evitar que la arbitrariedad o el error vayan unidos a la acción del mando sólo hay una fórmula: actuar con sentido del deber.

Pero claro, habrá que entender qué es el sentido del deber. Para ello no debemos circunscribirnos a reglamentos, sino que debemos abrir la mente hacia algo más grande, la verdadera esencia del Ejército reflejada en sus Reales Ordenanzas, escritas por militares para militares con una gran alusión a  nuestros valores.

Según rezaban las Reales Ordenanzas de 1978, la razón de ser de los Ejércitos es la defensa militar de España, pero también las de 2009 nos obligan a los militares a poner el máximo empeño en preservar la seguridad y bienestar de los ciudadanos en supuestos de grave riesgo, catástrofe, calamidad u otras necesidades públicas, esforzándose en que la rápida intervención de las Fuerzas Armadas suponga una respuesta eficaz que infunda confianza y tranquilidad a la población.

Pongamos un ejemplo de lo que es actuar con sentido del deber. Imaginemos que, en un lugar próximo a una base militar, se produce un incendio en el que el fuego está cercando a las viviendas próximas. De ellas salen despavoridos los vecinos para alejarse del peligro. La brigada alojada en esa base tiene personal y medios que rápidamente podrían salir en ayuda de la población civil para preservar su seguridad, pero el jefe de esa brigada pierde el tiempo preguntando a su Estado Mayor qué dicen las normas sobre cómo intervenir o a quién debe pedir permiso para actuar. En ese tiempo el presidente de la comunidad autónoma pide ayuda al Gobierno de España, la Ministra de Defensa da la orden de intervenir al JEME y así hacia abajo llega por fin la orden de intervenir al jefe de la brigada, pero ya es tarde; el incendio se ha cobrado más de doscientos muertos... En este ficticio ejemplo ya sólo habría faltado que el general hubiera declarado a la prensa que su brigada estaba preparada, pero que estaba esperando órdenes.

Todo muy reglamentario y con un estricto cumplimiento de los protocolos de actuación ante estas emergencias naturales. Una gran muestra de disciplina, pero hay más de doscientos muertos.

Este ejemplo, aunque parezca que es una exageración y que jamás podría darse, sería una muestra de no actuar con la responsabilidad de tomar decisiones adecuadas para el cumplimiento del deber. ¿Qué deber? El de preservar la seguridad y bienestar de los ciudadanos esforzándose en que la rápida intervención de las Fuerzas Armadas suponga una respuesta eficaz.

Está claro que el Ejército se rige por el exacto cumplimiento de las órdenes, pero ante situaciones extremas es cuando surge el héroe cuyo honor le empuja a actuar con rapidez para alcanzar las más altas misiones que tienen encomendadas las Fuerzas Armadas. Luego ya veremos cómo se justifica esto, pero de momento, se actúa.

Por eso ya no hay héroes, ni los habrá. Cada vez más se está configurando un estilo de mando de gestores de grupos de hombres, cuyo éxito profesional viene definido por actuaciones que no se salen ni un milímetro de lo que está escrito en normas y procedimientos. ¿Esta falta de capacidad de ejecución es la base del tan manido últimamente mando orientado a la misión? ¿Este es el tipo de líder que queremos? Pues eso, que ya no hay héroes... ni los habrá.

No hay mayor recompensa que la satisfacción del deber cumplido, pero siempre con honor. Qué bonito debe de ser que te recuerden por tu gran sentido del deber. No me acuerdo de nadie a quien recuerden por haber sido un estricto cumplidor de órdenes —bueno, a algunos sí se les recuerda, pero no precisamente como ejemplo de nada bueno—.

Qué pobre habría sido la historia militar de España si siempre se hubiera actuado con tan poco sentido del deber y del honor. 

Termino con la famosa frase del Alcalde de Zalamea: Al Rey la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios.


Los héroes del Baler.

 


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