Más de dos meses han pasado desde que escribí mi último artículo. Cuando nació El Furriel en julio de 2023 tenía la intención, y así lo hice durante mucho tiempo, de publicar un artículo cada domingo. Poco a poco se fue ampliando esta frecuencia por diferentes motivos, llegando en ocasiones a estar como ahora, con un par meses sin publicar nada.
Y no es que no haya temas de los que tratar. Tengo una larga lista de asuntos de los que me gustaría escribir, pero a veces me doy cuenta de que me voy calentando según voy escribiendo y acabo rajando más de la cuenta, por lo que al final decido no publicarlo. Pero hoy, que he sacado un rato, voy a intentar escribir algo de forma más o menos razonable.
El otro día estuve viendo este vídeo del canal del Col. Baños en el que conversa con el Gral. Dávila de temas muy diversos relacionados con la Milicia. A pesar de algunos comentarios con los que no estoy muy de acuerdo porque cualquiera de los dos tienen bastantes pájaros en la cabeza a veces, recomiendo verlo porque, a pesar de durar dos horas y de alguna que otra chorrada, se comentan cuestiones muy interesantes.
Entre ellas, y teniendo en cuenta el contexto en el que lo hace, me hizo pensar cuando el general comenta que cuando ves a un general con una carpeta debajo del brazo diciendo "bueno, ya te llamaré" es que es un inútil, porque tiene todo un estado mayor y él tiene que dedicarse a pensar. Un general con una carpeta debajo del brazo diciendo que no tiene tiempo, no lo utilices para la guerra, que te la lía. El general debe pensar y resolver.
Me hizo pensar en cómo han cambiado los generales desde que ingresé en el Ejército hace cuarenta años. Pero claro, cuando te gusta el tema, pensar da para mucho y una cosa te lleva a otra y acabas dándote cuenta de que lo que realmente ha cambiado ha sido la forma de ejercer la acción del mando.
Yo soy muy contundente en este asunto y a estas alturas ya no creo que nadie consiga hacerme cambiar de idea, más por veteranía que por cabezonería. Lo tengo clarísimo: los jefes ya no mandan, sólo gestionan recursos (humanos, materiales y económicos). Lo he hablado muchas veces porque he pensado en ello muchas veces en el día a día en las unidades, sobre todo en mi anterior empleo de comandante en el que, ejerciendo el mando de una Plana Mayor, me enteraba de muchas cosas que a un viejo dinosaurio como yo le chirrían.
Me acabo de dar cuenta de que este tema de hoy, como no sepa sintetizarlo bien, va a acabar siendo muy extenso, porque el asunto lo es. Veamos cómo me defiendo.
Todo este asunto del ejercicio de la acción del mando está muy relacionado con este concepto que ahora todo el mundo cree que se acaba de inventar, pero que siempre ha existido desde que la doctrina es doctrina: el mando orientado a la misión. Sin embargo, actualmente que tanto nos bombardean con el mission command, es cuando, tal vez, se está ejerciendo el mando orientado a la misión de una forma más dirigida que nunca. Intentaré explicarme haciendo un esfuerzo de talante y de opiniones comedidas.
De toda la vida de Dios, el que ejercía el mando no lo hacía según le iba saliendo de sus... caprichos, lo hacía en cumplimiento de una misión. Siempre ha habido una misión y siempre se ha conocido el propósito del jefe, únicas directrices estrictamente imprescindibles para mandar. Y este mando, una vez conocidos la misión y el propósito, lo ejercía en base a su capacidad de ejecución, a la libertad de acción y, por supuesto, a la voluntad de vencer. Es decir, los principios fundamentales del arte de la guerra que estudiábamos en primero en la academia en la asignatura de Doctrina el primer día de clase y que hemos llevado forjado en nuestro espíritu día a día durante toda nuestra vida militar.
Un jefe, del nivel que fuera, mandaba su unidad con total libertad de acción, pero, eso sí, luego tenía la supervisión superior de la que podía caerle un buen chorreo —cuando los jefes chorreaban y tú temblabas en la posición de firmes— y, si la cagada era muy monumental, te cesaban y tu jefe se fumaba un puro.
Eso pasó a la historia. Actualmente, la ingente producción de normas, instrucciones, órdenes, directivas y demás guíaburros que llegan al más mínimo detalle, hacen difícil que quien ostenta el mando de una unidad —del nivel que sea, pero cuanto más bajo sea el nivel más se acusa— pueda ejercerlo de forma que imponga su impronta o acometa sus órdenes con libertad de acción. Todo, hasta el más mínimo detalle, está escrito. El jefe ya apenas necesita iniciativa para cumplir correctamente conforme a los cánones establecidos. Y es una pena, porque tenemos a jefes magníficos que, si les dejara el sistema, elevarían mucho la eficacia, la operatividad y el rendimiento de las unidades que mandan, además de demostrar su liderazgo de forma clara y manifiesta.
Por eso, cuando hasta el más mínimo procedimiento está reglado, el mando sólo puede limitarse a gestionar, conforme a esas normas, los recursos que tiene a su cargo: los humanos, los materiales y los económicos. Estos últimos, por cierto, cada vez menos flexibles para el mando, incluso, pues las directrices para la gestión de los recursos económicos están cada vez más encorsetadas. ¡Ay! si a los políticos se les encorsetara tanto.
Y hablando de flexibilidad, si los principios fundamentales del arte de la guerra están ya tan limitados, me pregunto si esta limitación se ha producido como consecuencia del incremento del peso específico de los antiguos principios complementarios: la seguridad, la economía de medios, la acción de conjunto, la flexibilidad y, en menor medida, la sorpresa y el aprovechamiento del éxito.
Tan es así, que ya no existen los reglamentos como tales. que dejaban claro qué había que hacer, los manuales, que te indicaban la forma de hacer lo que estaba reglamentado, y las orientaciones, que te aconsejaban cómo hacer las cosas, pero que dejaban a la inteligencia, a la libertad de acción y a la capacidad de ejecución de cada jefe cómo acometer cada asunto. Ahora ya todo son publicaciones doctrinales complementadas por directivas, stanags, instrucciones y normas que no dejan nada a la libre acción del mando, pues todo está perfectamente definido. El arte de la guerra es cada vez menos arte y más ciencia exacta.
Por eso estoy convencido que el refrán tan español de dime de qué presumes y te diré de qué careces es la conclusión de este empeño de hacer creer que ahora, por fin, existe el mando orientado a la misión, como si antes el mando se ejerciera orientado a vete tú a saber qué...
Sí, ya sé que este concepto actual del ejercicio del mando va más allá de mi simple alegato, pero ¡coño!, ponedle otro nombre, que parece que habéis inventado la pólvora.
Y por otro lado está el tan manido liderazgo. Cursos, ponencias, publicaciones, departamentos de enseñanza y hasta cambio de nombre de la centenaria Escuela de Guerra sobre el ¡oh! liderazgo me hacen pensar en cómo pudieron llegar a ser tan grandiosos líderes, por ejemplo, el Gran Capitán, Blas de Lezo Bernardo de Gálvez, Daoiz, Velarde, Millán-Astray o Franco sin la sublime formación vía powerpoint actual... Pero de esto hablaré otro día.
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