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Hablar pocas veces de la profesión militar es una de las pruebas de gran desidia e ineptitud para la carrera de las armas. (Del art. 14 de las RR.OO de las FAs)
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03 mayo 2026

EL HONOR POR ENCIMA DE LA OBEDIENCIA

Pasados casi tres meses en los que el Furri ha estado escaqueado dedicándose en este tiempo a asuntos particulares, volvemos al ataque con más pensamientos de un viejo soldado.

En primer lugar, quiero aclarar que el título de hoy no es un error cuando hablo de obediencia y no de disciplina porque no son lo mismo. Se puede ser desobediente y disciplinado cuando se nos exige obediencia a unas órdenes que, aun legales y reglamentarias, son contrarias a valores y principios morales que están muy por encima del cumplimiento de órdenes mundanas. Cuando el pensamiento aconseja lo contrario de lo que se nos manda, cuando el corazón pugna por levantarse en íntima rebeldía o cuando la arbitrariedad o el error van unidos a la acción del mando, es disciplina. Pero cuando, por ejemplo, se incumple la orden de que la Guardia de Seguridad de un acuartelamiento no salga de éste bajo ningún concepto ni a rescatar una Bandera Nacional que aberchales están quemando, eso es desobediencia, sí, porque no puede ser indisciplina pelear por defender lo más sagrado para un militar. Para lo más jóvenes, aclaro que en los años de plomo se daban este tipo de órdenes en los cuarteles de las Provincias Vascongadas.

Pero vamos a lo que nos ocupa... Ayer estuve en el acto en conmemoración del 2 de mayo que celebran los artilleros cada año. En él, como la mayoría ya sabe, el capitán más antiguo de la unidad hace la lectura de la Lección del 2 de mayo, Se trata de una glosa que quedó instaurada en 1812 por real decreto para elogiar el heroísmo de los capitanes de Artillería Luis Daoiz y Pedro Velarde y que cada año sería escrita por un oficial y leída en la primera clase del curso a los cadetes del Real Colegio de Artillería para que quedara marcado en su memoria "les muestre el camino que deben seguir desde su tierna edad para hacerse dignos de la honrosa profesión de defensores de la Patria".

Poco a poco se fue extendiendo esta tradición de modo que todas las unidades del Arma de Artillería —que no es lo mismo que esa horrible y poco militar expresión de especialidad fundamental— adoptaron la lectura de la lección en la conmemoración de la gesta del 2 de mayo de 1808.



Este último 2 de mayo en Cartagena tuvo el honor de hacer la lectura de la lección la capitán más antigua del Regimiento de Artillería Antiaérea nº 73. Estuvo muy bien, me gustó. Relató perfectamente lo que se debe relatar para recuerdo de aquellos héroes. Pero, sobre todo, dejó bien clara la importancia de esos valores tan militares como el honor o la lealtad en las actuaciones de aquellos jóvenes capitanes artilleros que, desobedeciendo órdenes, llegaron al máximo sacrificio de darlo TODO POR LA PATRIA por el honor y la lealtad a España. Esto me lleva a reflexionar una vez más —como tantas veces a lo largo de mi ya larga vida militar— sobre lo hipócrita que es a veces la forma de hacer las cosas. Me explico.

No sé si mis pocos pero leales lectores recordarán mi artículo YA NO HAY HÉROES... NI LOS HABRÁ en el que decía que con la actual mentalidad tan estrictamente cumplidora de las órdenes ya no hay héroes ni los habrá. Pues bien, si Daoiz y Velarde hubieran sido coetáneos nuestros, no habrían sido nunca unos héroes y España seguiría siendo francesa, porque ya no es que no se lleve eso de ser héroes, es que está castigado serlo, al menos al estilo de aquellos militares ejemplares del 2 de mayo de 1808 en el Parque de Artillería de Monteleón.

Lo que hicieron Daoiz y Velarde fue incumplir órdenes. Actuaron por propia iniciativa contra el estado establecido y no acataron la jerarquía a la que debían obedecer. Podemos darle todas las vueltas que queramos, pero eso fue así y no cabe discusión sobre ello. Actualmente los habrían cesado, suspendido de empleo y sueldo, sancionados, condenados y expulsados del Ejército por indisciplinados. De ahí la hipocresía a la que me refiero.

¿Y por qué? Pues porque ahora la obediencia —que, insisto, no es lo mismo que disciplina— está por encima de cualquier virtud militar. Actualmente obedecer las órdenes está por encima de todo, incluso por encima del honor, si entendemos por honor lo que llevó a los capitanes de Artillería Daoiz y Velarde y al teniente de Infantería Ruiz a sumarse al levantamiento popular contra el ejército francés que había sido perfectamente autorizado por los generales y políticos de turno a tomar posesión de nuestras instituciones.

El 2 de mayo se conmemoran, con total empuje institucional, unos hechos tristemente desfasados y anacrónicos de los que nos sentimos muy orgullosos y de los que hablamos como ejemplo de virtudes militares, patrióticas y heroicas, pero ¡ay! del que se le ocurra hacer los mismo que estos valientes... Es la hipocresía de quien no tiene bemoles a ser consecuente y cargarse esta celebración, pero la mantiene con la boca pequeña deseando en su fuero interno que ningún militar vaya a actuar como aquellos héroes anteponiendo el honor a la obediencia.

Luis Daoiz, Pedro Velarde y Jacinto Ruiz, no dudaron y tuvieron claro cuál era su deber cuando España estaba en peligro. Porque lo estaba. No es necesario un golpe de estado, ni una agresión extranjera para que la Patria esté en peligro y, como en tantas otras ocasiones en nuestra extensa e intensa historia, en 1808 el poder establecido era el primer enemigo de nuestra independencia, de nuestra soberanía y de nuestra integridad territorial. 

Carlos IV y Fernando VII permitieron que los franceses se nos metieran hasta la cocina marchando en columna de viaje sin pegar un tiro y después permitieron que nos mangonearan. Hasta nos impusieron a un rey. ¿Y nuestros generales?... obediencia ciega es lo que exigían. ¿Y honor?... no, de eso no hablaban.

Decía antes que Daoiz, Velarde y Ruiz supieron cumplir con su deber, aunque su concepto del deber era muy distinto al exigido por el entonces Capitán General de Madrid, el General Negrete. Y cumplieron su deber y lucharon hasta morir, no como otro militar poco conocido, el Alférez de Fragata Juan Van Halen, que desde Lavapiés se dirigía al Parque de Artillería de Monteleón para sumarse a los heroicos artilleros, pero, herido antes de entrar, se las piró y huyó de Madrid. Este personajillo de mierda tiene una vida que recomiendo leer AQUÍ como ejemplo de chaquetero mercenario sirviente al mejor postor. 

Como ya dije, ya no hay héroes ni los habrá. Ojalá me equivoque y los haya si así lo exige la Patria, pero miro a mi alrededor y veo tanto "el que se mueva no sale en la foto" que...

24 agosto 2025

EL PEPINO

¿Quién no ha oído o dicho alguna vez "pepino" o su derivado "pepinazo" refiriéndose a un proyectil de artillería? Pues la historia, que tantísimas cosas nos enseña, nos explica el porqué de este coloquial nombre que, como en tantas otras ocasiones, se debe a la genuina habilidad del soldado español para poner mote a cualquier cosa.

Durante el siglo XIX se trabajaba en mejorar el sistema de ánima rayada en los cañones, algo medianamente conseguido en la fusilería, pero que en las piezas de artillería seguía dando ciertos problemas, tanto en la cantidad de residuos de pólvora que quedaban en el ánima tras el disparo como por la falta de precisión y bajo alcance de los proyectiles. 

En 1854 el ingeniero inglés Joseph Whitworth trabajó para solucionar estas deficiencias en los cañones de ánima rayada y patentó un sistema mediante el que el proyectil salía del arma girando sobre sí mismo gracias a su desplazamiento a través de un tubo que presentaba la particularidad de presentar una sección hexagonal y donde sus aristas seguían un trazado helicoidal. El proyectil se ajustaba perfectamente a este tipo de ánima ya que se fabricaba con la misma forma hexagonal-helicoidal que el ánima, con lo que se conseguía un giro más homogéneo en su trayectoria que con el sistema de rayado, mejorando su precisión y aumentando su alcance.

En España fue durante la III Guerra Carlista (1872-1876) cuando llegó el ya conocido como cañón Whitworth. Dotarse de artillería moderna y eficaz fue una gran inquietud del Estado Mayor del Ejército Carlista, ejército que contaba con una gran profesionalidad artillera como consecuencia de la presencia en sus filas de muchos oficiales provenientes del disuelto Cuerpo de Artillería en 1873. A propósito, algún día tendrá que escribir El Furriel sobre las disoluciones del Cuerpo de Artillería en España.

Al igual que sucedió con las armas ligeras, la mayoría del material de artillería del Ejército Carlista fue adquirido en el extranjero con fondos de las diputaciones provinciales vascas y navarra y fue el momento en el que llegaron a España los cañones Whitworth de diversos calibres. El número de piezas de artillería de las que disponía fue incrementándose a medida que la guerra avanzaba: en julio de 1873 contaban con 6 cañones y terminada la guerra tenían alrededor de 100, constituyendo más del 60% del total de piezas de artillería. Por lo tanto, si hay un cañón que se pueda considerar como típicamente carlista, es el Whitworth.




Cañón Whitworth de 75 mm. Museo Histórico Militar de Cartagena

La munición de estos cañones, que con terminología culta tenían forma de columna salomónica, tenía para el soldado español una forma mucho más de andar por casa y conociendo su habilidad para poner mote a todo, en España se empezó a conocer al proyectil Whitworth como el pepino, por la forma poligonal que tiene el pepino al quitarle la piel con un cuchillo en sentido longitudinal.

"Pepino" hexagonal de 12 libras Whitworth. Museo Histórico Militar de Cartagena