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Hablar pocas veces de la profesión militar es una de las pruebas de gran desidia e ineptitud para la carrera de las armas. (Del art. 14 de las RR.OO de las FAs)
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11 agosto 2024

FAJAS Y BANDAS

El otro día, en un grupo de Whatsapp un compañero de promoción me hacía una pregunta sobre uniformidad referente a la Banda de la Victoria que se usó en los ejércitos de España tras la Guerra Civil. Me dio la idea, entonces, de hablar en El Furriel de esta banda, pero para ambientarnos bien en su origen hay que empezar por conocer el origen de las bandas y fajas usadas tradicional y secularmente en nuestros ejércitos. 

En España el uso de las bandas y de las fajas se remonta al siglo XVI como distintivo del Ejército Español. En aquella época, al no existir ninguna uniformidad, el método de distinción más utilizado era el uso de una banda que cruzaba el pecho desde el hombro al costado, una faja anudada en la cintura, un simple brazalete o unas plumas en los cascos o en los sombreros, todas ellas de un determinado color, que diferenciaría a un ejército del contrario. En España el color era el rojo carmesí, heredado de la tradición de los Reyes Católicos

"Rocroi, el último tercio" de Ferrer-Dalmau

En el cuadro del magnífico pintor de batallas, Augusto Ferrer-Dalmau refleja perfectamente el verdadero origen de la faja roja española. La faja no era en su origen, como se puede leer por ahí, una banda cruzada en el pecho que distinguía a los capitanes de los tercios y que, con el tiempo, se convirtió en una faja anudada en la cintura. En este cuadro se puede apreciar que la tela roja —aunque realmente era de tono carmesí— era distintivo de soldado español ya que son muchos los soldados que lo portan, unos en la cintura, otros en el pecho, otros en el brazo y otros en las plumas del sombrero y no necesariamente los que la llevan en banda son generales ni capitanes. En aquella época en la que la uniformidad no existía aún, el vestuario corría por cuenta del soldado y cada uno se vestía como podía y el distintivo carmesí que portaba sería fruto de su poder adquisitivo, por lo que no es de extrañar que fueran los capitanes, alféreces y sargentos los que usaran telas de mayor tamaño que los pobrecitos soldados que compartían tela y a duras penas les llegaba para un pequeño brazalete. Este hecho meramente comercial dio pie a que se identificara a los jefes por el distintivo de mayor tamaño: bandas o fajas. 

Fue ya a finales del siglo XVII cuando Carlos II regularizó un poco este distintivo por el que de capitán para arriba se portaría una faja roja carmesí anudada a la cintura. Desde ese momento y hasta la actualidad han sido muchas las modificaciones y cambios que han sufrido en su diseño y en su reglamentación las fajas. 

A finales del XVIII se reglamenta que sólo será usada por los generales y será de tafetán rojo —ya no se especifica que sea rojo carmesí— con las divisas del empleo bordadas en su parte anterior. Esta faja se usará incluso de paisano, como puede verse en la siguiente imagen de un cuadro del General Prim:

 
General Prim

La faja en esa época llevaba los entorchados dorados correspondientes al empleo y no tenía caída al lado terminando en unos flecos dorados que sobresalían por debajo de la faja, como se ve en el siguiente cuadro del General Castaños:

 
General Castaños

Llegamos al siglo XIX y Carlos IV regula que en la faja, hasta entonces sin caída al lado, caigan hacia el lado izquierdo los sobrantes del lazo y en ellos los entorchados dorados correspondientes al empleo; desaparecen los flecos y las caídas terminan en borlas o madroños de hilo de oro. 

Ya en el siglo XX, curiosa fue la Real Orden de 1909 en la que se disponía que los jefes de los cuerpos Jurídico, Administración y Sanidad Militar asimilados a generales de división y de brigada usaran con el uniforme respectivo una faja de seda color amarillo-grisáceo. En 1933 se derogó esa real orden pasando a usar la misma faja que le resto de generales.

Sin más modificaciones en su reglamentación, y sólo con variaciones particulares derivadas de eso tan español como es la peculiar forma de portar algunas prendas del uniforme según le dé la real gana a cada uno —aún pasa—, llegamos al reglamento de uniformidad de 1943, que establece que todos los generales ostenten faja de gala de las siguientes características:

"De tejido de hilo de seda color grana, de cinco centímetros y medio de ancha. Está montada en forma de cinturón y se sujeta por un broche de metal provisto de un cajetín, donde se coloca la caída, que consistirá en un lazo y dos colgantes confeccionados con el mismo tejido; los colgantes terminan cada uno en una borla de oro que tiene una longitud total de 28 centímetros, siendo los flecos mate y bordadas las piezas que componen el cuerpo de la borla. Toda la parte del galón, irá forrada de piel de color granate oscuro.

 A lo largo de cada colgante,. y sobre la borla, se llevarán en forma de pasador los entorchados que correspondan al grado que ostente el Oficial General; cuatro para el Capitán General, tres para el Teniente General, dos para el General de División y uno para el de Brigada".

Para Diario se fijaba una faja un poco distinta:

"De punto de seda, grana, de cinco y medio centímetros de ancha. De lazo pequeño, hecho y con broche; las cabecillas doradas, metálicas, y los flecos, encarnados, de tal longitud que los extremos de dichas borlas no rebasen el filo de la guerrera".

                               
Lazada postiza de gala

Faja de Diario

Es decir, la faja era, en principio, de una pieza de cuero forrada de seda roja sin colgante a la que se añadía la lazada postiza con sus colgantes, pero existía una sin cuero, sólo de tela, de cuatro metros de longitud que, con más o menos vueltas según el general estuviera más delgado o más gordo, se anudaba con el lazo en el lateral izquierdo. Para los oficiales de Estado Mayor se fijaba que la faja sería igual que la de Diario de los generales, pero de color azul y anudada a la derecha. Además, tanto para generales como para los diplomados en Estado Mayor, la de Gala era de hilo de raso de seda y la de Diario de punto de seda.

Posteriormente hubo algunas pequeñas reglamentaciones en cuanto a su uso: que si con el uniforme de Diario sí y posteriormente no, que si con el de Media Gala se usaba la faja de Diario o la de Gala, etc. El uniforme de Media Gala, que podría equivaler al actual para actos de especial relevancia, daría para escribir un artículo, porque a lo largo de los años 70 del siglo XX cambió cada media hora: unas veces guantes blancos y otras guantes avellana, medallas en una época y pasadores en otra, ceñidor de charol negro primero y ceñidor de tela caqui después; eso sí, en ninguna de las distintas variantes se llevaba la banda. Por ejemplo, como podemos observar en la siguiente foto de la Toma de Mando del Tte. Gral. Milans del Bosch como Capitán General de la 3ª Región Militar (1977) el personal usa uniforme de Media Gala con guantes avellana (hasta 1986 no fueron negros) y medallas (la corbata es caqui y la camisa es la color salmón, las usadas en esos años de Gala y Media Gala).

Uniforme de Media Gala en 1977

Gala con camisa color salmón y corbata caqui

Sin más modificaciones reseñables llegamos a 1986, cuando una orden ministerial da un vuelco a la uniformidad del Ejército de Tierra, pero no afecta ni a las fajas de general ni, sorprendentemente, a la Banda de la Victoria. La faja de general cambia posteriormente desapareciendo la de Diario y suprimiendo, en la de Gala, los flecos dorados dejándolos rojos, como era hasta entonces la faja de Diario. Sólo el Rey y el JEMAD, si es de Tierra, llevan los flecos dorados. En la guardia Civil, que siempre ha ido conforme a la normativa de uniformidad del ET, también llevan los flecos rojos. Sin embargo, en la Armada y en el Ejército del Aire (y del Viento) los flecos son dorados. ¿Y por qué en el ET son rojos los flecos actualmente? Pues vaya usted a saber... Pero lo mejor de este cacao son los Cuerpos Comunes, donde los generales llevan faja con flecos rojos y dorados indistintamente.

Faja actual de General de División del ET.


Flecos rojos y flecos dorados en los Cuerpos Comunes

A propósito de la faja y como recordarán mis pocos pero aún leales lectores, hace casi un año ya comenté en VOCABULARIO MILITAR (I) que la faja de general o de diplomado en Estado Mayor se llama así, faja, y no fajín, como tan errónea y frecuentemente se le llama. En ese artículo decía que la faja es la tira de tela (generalmente de seda) que usan nuestros generales y diplomados en Estado Mayor sobre la guerrera del uniforme con sus extremos de los que penden unas borlas. El fajín es el que usan los almirantes y generales de la Armada debajo de la chupa en los uniformes de etiqueta y gran etiqueta y que no lleva borlas. 


 Bueno, ¿y la banda? pues la Banda de la Victoria fue creada por el General Franco en 1940 "para perpetuar la Gloria de nuestra Cruzada". Consistía en una cinta de seda de color carmesí de 8 cm. de ancho y rematada con dos borlas y un pasador con la leyenda "1936-1939". Para los tenientes y alféreces, era un cordón rizado, también de seda del mismo color y con idéntico remate. 

Banda y cordón

Pasador

Decreto de creación de la Banda de la Victoria

La orden daba de plazo hasta el 31 de diciembre de 1941 para su implantación. Al tener que ser comprada particularmente en sastrerías y tiendas de efectos militares, los militares eran reticentes a su uso por su elevado precio, lo que motivó que en febrero de 1942, por una orden del Ministerio del Ejército, a todo el que no la tuviera en esa fecha le sería facilitada por el Establecimiento Central de Intendencia (actual PCAMI) y descontada del sueldo, por supuesto. 

Y finalmente, fue en 1989 cuando el Ministro de Defensa, Narciso Serra, suprimió definitivamente el uso de la Banda de la Victoria. Por cierto, no se suprimió mediante la ley 17/89 Reguladora del Régimen del Personal Militar Profesional —que tantas cosas trituró—, como he leído por algún lado; la ley es de julio y la orden ministerial 06/89 de Serra es de enero:

"De conformidad con lo dispuesto en el artículo único de la Ley 63/1978 y por haberlo así resuelto el Consejo de Ministros, queda derogado el Decreto de 18 de julio de 1940 que crea la banda y el cordón militar. Quedan derogadas, asimismo, la Orden Ministerial 1.647/1979, de 17 de mayo, por la que se establecen normas conjuntas de equiparación, numeración y designación de uniformes del Ejército de Tierra, de la Armada y del Ejército del Aire, y cuantas disposiciones de igual o inferior rango se opongan a lo dispuesto en la presente Orden Ministerial".

  

Julio de 1988. Capitán con banda y tenientes con cordón

24 septiembre 2023

VOCABULARIO MILITAR (I)

No cabe duda de que los militares tenemos nuestra forma particular de llamar a las cosas, pero no sólo a las cosas específicamente militares, sino que a menudo también damos nombre a cosas o situaciones para las que para el resto de la humanidad utiliza otras palabras. Del primer caso (cosas específicas militares), hay miles de ejemplos, pero del segundo (cosas o situaciones generales), también hay muchos. Un simple ejemplo es el de segunda comida. Nadie en España llama segunda comida a la cena, sin embargo, al menos en el Ejército de Tierra, en la orden diaria al relacionar el menú (o minuta), suele siempre escribirse segunda comida. ¿Por qué? Pues yo no lo sé, pero sería interesante saber el motivo, que seguro que tiene su razón en sus orígenes.

Otro tema es el de la cantidad de palabras y expresiones usadas cotidianamente por la población en general que tienen un origen militar, pero este será un tema para escribir sobre él otro día.

Todas nuestras formas de llamar a las cosas tienen su porqué y sería interesante conocer el origen de todas y cada una de nuestras expresiones. Tenemos la suerte de poder consultar aún el Diccionario militar, etimológico, histórico, tecnológico del General José Almirante –de Ingenieros, por supuesto–. Este diccionario es etimológico, por lo que, además de su definición, explica el origen y la historia de cada palabra, pero al haber sido escrito en 1869 hay algunas palabras más modernas que no están recogidas en él. ¿Hay alguien actualmente con el suficiente nivel de cultura militar como para meterse en ese fregao? Me temo que no...

El Diccionario Militar de Almirante tiene todavía más vigencia de la que muchos se creen, por lo que yo recomiendo comprarlo y consultarlo pues consultándolo a menudo se aprende mucho de Milicia. Este diccionario, junto a Estampa de Capitanes. El Espíritu Militar Español, del General Jorge Vigón, deberían ser de lectura/consulta obligada en las academias militares me juego lo que sea a que muchos de los jóvenes oficiales y suboficiales no saben de qué libros estamos hablando

Pues bien, aún a sabiendas de que la lengua evoluciona y es imposible hablar igual que se hablaba en el siglo XIX, en el vocabulario militar hay muchas palabras que evolucionan, pero lo hacen porque son sustituidas por vulgarismos consecuencia de la falta de culturilla militar. Si leyéramos más en general, y a Almirante en particular, no habríamos llegado actualmente a decir algunas palabras como las decimos ni a cambiar el significado a otras.

Hay muchísimos ejemplos, pero como una cosa es que El Furriel –furrier en los siglos XVI y XVII– os entretenga un rato el domingo y otra es que sea un pesado, veremos algunos ejemplos de palabras o denominaciones actuales que han perdido o variado su verdadero significado o su forma de ser escritas o que han transformado su denominación.

BARBOQUEJO. El barboquejo se llama así porque es la correa que va colocada en la barbilla, ya que si fuera colocada en la garganta, como muchos se la colocan, se llamaría gargantejo. Bromas aparte, el barboquejo evolucionó vulgarmente a barbuquejo que, aunque el Diccionario de la Real Academia Española ya lo contemple remitiendo para su definición a la original de barboquejo, no lo menciona Almirante. Es decir, la palabra original (por no decir la correcta) es barboquejo.

TAHALÍ. Muchos creen que el tahalí es la vaina del machete del fusil, sin embargo, es la pieza de cuero, o de lona actualmente, mediante la que la vaina cuelga del ceñidor.



FAJA. Actualmente, que hasta en escritos oficiales se llama fajín a la faja, ya no me atrevo escribir que esté mal dicho, simplemente puedo apuntar que el desconocimiento de la diferencia entre faja y fajín ha llevado a que se usen indistintamente ambas palabras. Incluso ya hay quien cree que faja está mal dicho. A ver, la faja es la tira de tela (generalmente de seda) que usan nuestros generales y diplomados en Estado Mayor sobre la guerrera del uniforme con sus extremos de los que penden unas borlas. El fajín es el que usan los almirantes y generales de la Armada debajo de la chupa en los uniformes de etiqueta y gran etiqueta y que no lleva borlas. 


INTERVALO Y DISTANCIA. En una formación, el intervalo es la separación entre hombres en la fila o entre unidades en el frente, es decir, entre un hombre y el de su lado. La distancia es la separación entre hombres en la hilera o entre unidades en el fondo, es decir, entre un hombre y el de delante o el de detrás. Por eso cuando se oye –demasiado, desgraciadamente– "reducid las distancias entre unidades" cuando éstas están en línea, se está diciendo bastante mal.

UNIFORME. No creo que haga falta explicar qué es un uniforme. Lo que sí haría falta es que los propios militares estuviéramos convencidos de la importancia espiritual del uniforme y dejáramos de llamar traje a nuestro hábito militar. Un traje lo lleva cualquiera, los militares llevamos uniforme, ni más ni menos.

MIMETA, PIXELADO, PATEADA. No voy a meterme mucho con este asunto que, a pesar de que no me guste mucho que se llame mimeta al uniforme de campaña ni pateada a una marcha, sé que está dentro de la jerga coloquial del militar español. Lo que sí requiere que se preste atención es a que al uniforme de campaña se le llame sólo como pixelado. Es un  caso similar a creer que el sarga es un color. El pixelado es un patrón mimético con cuadraditos a estilo píxel. Hay quien cree que el uniforme de campaña de uso habitual actual, el mimetizado de patrón boscoso, se llama pixelado y que el anterior o usado ahora en Mali, por ejemplo, es el árido. Lo correcto es que uno es uniforme de campaña boscoso y el otro árido, ambos pixelados.


ZAPAPALA. Decir zapapala es como decir palapala porque una zapa es un tipo de pala con empleo similar al de la azada. Es correcto decir zapapico pues es una herramienta compuesta de pico y de zapa, pero no lo es llamar zapapala a una pala. Está claro que hablar de estas herramientas como útiles de mango corto –denominación muy académica– es incómodo y va contra la economía de la lengua, pero no cuesta nada llamar a las cosas por su nombre.

ALAMBRADA CONCERTINA. Ya escribí una entrada tratando sobre el mal uso de la palabra concertina La alambrada concertina.

Y esto es todo por hoy en esta primera entrega del VOCABULARIO MILITAR, que da para más días. 


N.del A.: En Publicaciones de Defensa compré una reedición de 1989 del Diccionario de Almirante (en dos volúmenes), pero seguro que está en las bibliotecas de muchas unidades. Y seguro, también, que es fácil descargarlo en pdf de la red .





20 agosto 2023

ARCOS DE SABLES

Poco hace falta decir para poner en situación al lector sobre qué es un arco de sables en la boda de un militar, pues creo que todos los hemos visto y, en muchos caso, hemos participado en ellos.

Es esta una ceremonia que se realiza en España desde no sé exactamente cuándo (no encuentro datos anteriores a la boda de los príncipes Juan Carlos y Sofía en 1961), pero que tiene asentada la costumbre en los ejércitos de otros países como, por ejemplo, el británico o el estadounidense desde principios del siglo XX, como mínimo.

 

Sea cuando fuera que se importara en España esta bonita costumbre, ha tomado en los últimos años un cariz que merece, desde luego, algunas reflexiones.

Empecemos por saber qué es un sable; pero no me refiero a su definición, sino a qué es (o debería ser) el sable para un militar. 

Según la Orden Ministerial DEF/1756/2016, de 28 de octubre, por la que se aprueban las normas de uniformidad de las Fuerzas Armadas, en su Norma 94.ª se clasifican las divisas militares en divisas de empleo y divisas de categoría. Las divisas de empleo están claras, espero...

Sin embargo, me temo que no queda tan claro para todos qué son las divisas de categoría. Según la Orden Ministerial citada, las divisas de categoría "son aquellos símbolos o prendas que sin representar el empleo del militar sí representan su categoría complementando a las divisas de empleo. Lo constituyen atributos varios como las palmas y ramas para galletas y viseras de las prendas de cabeza; bastones de mando, fajines y SABLES; entorchados, serretas, galones y sutases en mangas de uniforme, laterales y frontal de los gorrillos". (Otro día escribiré algo sobre el error de llamar fajín a la faja)

Es decir, el sable es una divisa que determina a qué categoría pertenece quien lo porta. Esa categoría, en las Fuerzas Armadas Españolas, es la de General, la de Oficial o la de Suboficial, que son las categorías cuyos componentes tienen asignado sable. El sable, por tanto, tiene la misma clasificación que la faja roja de los generales o el bastón de mando de los coroneles de los regimientos. 

Además del aspecto normativo, el sable siempre ha tenido un valor sentimental para el oficial o el suboficial. Cada uno siempre ha tenido "su" sable, incluso con nombre y apellidos o número de filiación grabados. El sable siempre ha sido algo muy personal, como las cosas de montar, que jamás debían prestarse (la pistola, el caballo y... los más veteranos lo entenderán). De hecho, en las academias se hace, de forma más o menos solemne, el acto de entrega de sables, pero no se hace un acto de entrega de trinchas, de mochilas o de fusil, porque no tienen el valor sentimental que tiene el sable.

Yo, con hermano y primos militares, me considero un grandísimo afortunado al ser el heredero y custodio de los sables de mi abuelo y de mi padre.

Por cierto, en época del Servicio Militar existía en cada furrielería un par de sables para los alféreces de IMEC que llegaran destinados a esa compañía para su uso durante su tiempo en filas, ya que a ellos no se les daba sable por ser eventuales y por el alto precio que tenían. 

Pero volviendo al asunto de los arcos con sable en las bodas, nos encontramos, cada vez más, a montones de militares que, sin ser de categoría a la que le corresponde sable, forman parte de los arcos de compañeros. Yo comprendo que a muchos les puede gustar el arco el día de su boda, pero ¿no molaría más si, además del sable, se pusieran también todos faja de general? ¿No sería lo mismo que si un colega de otra unidad pidiera a un legionario el chapiri para una boda porque mola más?

Sobre lo que no voy a hablar, al menos hoy, es sobre esa relativamente nueva y chabacana costumbre de golpear con el sable el sable del de delante y de dar un palo a la novia en el culo con el sable del último de la fila o sobre los que elevan al máximo concepto el espíritu de compañerismo llevando uno el sable y otro la vaina... Sobre lo que sí escribiré otro día es sobre la gran abundancia de faltas de uniformidad que se ven en las bodas, tanto en el novio como en los invitados, en las que muchos se ponen o se quitan lo que les da la gana del uniforme.

La siguiente es una curiosa foto en la que en la boda de un oficial, del que no localizo su país, le forman el arco sus marineros con sus lepantos (o como se llame esa prenda de cabeza en ese sitio) ya que no tienen sable y, en aquella época, ni de coña un oficial o un suboficial iba a prestar a nadie su sable para una boda:

Y lo gordo del asunto es que se han contagiado otros estamentos en los que, sin existir el sable para ellos, lo usan en las bodas:


Ya solo falta por ver a civiles haciendo arcos de sables; sables prestados por oficiales y suboficiales, por supuesto...

N. del A.: Siento ser tan directo y espero no haber molestado a nadie, pero creo que esto se ha ido de madre y hace perder el verdadero significado de las cosas.



06 julio 2025

EL UNIFORME MILITAR

El ya lejano 2 de marzo El Furriel escribió su último artículo. Han pasado más de cuatro meses en los que he estado muy ocupado. Entre la Cuaresma con sus innumerables reuniones y actos de mi cofradía, la vorágine de la Semana Santa cartagenera, las posteriores labores de mantenimiento de infraestructuras en casa, la mudanza y demás trabajos logístico-domésticos, sin olvidar la preocupante situación en la que se encuentra últimamente nuestra queridísima España, no he tenido mucho tiempo para sentarme tranquilamente delante del ordenador y seguir bombardeando con mis pensamientos sobre la Milicia a mis pocos pero leales lectores. Pues bien, amenacé con volver y aquí estoy de nuevo.

Durante este tiempo he pensado mucho sobre cuál sería el asunto del que hablaría aquí cuando volviera. El día a día da para mucho a la hora de recopilar ideas. El problema es que tengo que desechar muchas de esas ideas porque son temas delicados y uno tiene que morderse la lengua... al menos de momento. Al final acabo por volver a lo que inicialmente dio pie al nacimiento del Furriel, como exponía en julio de 2023 en el artículo NACE EL FURRIEL: explicar a los jóvenes militares cosas que ya no se explican en las academias, su porqué, conductas que se han perdido y otra serie de aspectos derivados de la experiencia tras cuarenta años de servicio a España vistiendo el uniforme militar.

Y es, precisamente, el uniforme militar el que ha sido el tema elegido para este regreso. Ya sabe quien me conoce profesionalmente la importancia que siempre le he dado a la uniformidad y por ello, un compañero y, sin embargo, amigo me envió el otro día una foto que sabía que me "encantaría". Tuve que verla con detenimiento varias veces para comprobar que no se trataba de la policía local de un pueblo pequeño ni de una empresa civil; se trataba del programa semanal de una compañía del Ejército Español firmado por su capitán en el que figuraba "revista de traje de gala".

¡¿Traje?! Amosaver, funcionario; un traje es lo que usan los civiles, los militares usamos uniforme. Se llama u-ni-for-me, joé. Es nuestra segunda piel y nuestra seña de identidad ante los ojos de la sociedad a la que servimos. Con tu deficiente forma militar de hablar, vístete con traje —de luces o de lagarterana, lo que prefieras— y deja el uniforme para quienes seguimos sintiéndonos orgullosos de ponérnoslo cada mañana y, aunque llevemos cuarenta años haciéndolo, tememos que llegue el inevitable momento en el que tengamos que colgarlo en el armario y guardarlo como nuestra más preciada reliquia. Si quieres seguir sirviendo a la Patria con las armas, ponte con orgullo un uniforme, no un traje. Si prefieres un traje, en Amazon hay sitio.

Soy consciente de que este capitán no es el único que llama habitualmente traje al uniforme; a mí me duele la boca de decírselo a muchos militares, pero una cosa es decirlo de forma informal y otra muy distinta es plasmarlo en un documento oficial. También soy consciente de que se dice sin saber porque está demasiado generalizado que se deja de usar la tradicional forma de llamar a las cosas sin que nadie lo corrija. Si nadie enseña a los jóvenes, ellos no van a aprender por sí solos el porqué de las cosas.

Aunque no adorna el vestido al pecho, el uniforme es, o debería de ser, una cuestión primordial en cuanto a su carga mística y moral en un ejército que se viste por los pies. No, no se trata de que sea la más primordial de las cuestiones que afectan a los ejércitos, pues no lo es ni de lejos, pero sí de que sea algo lo suficientemente importante como para no dejarlo olvidado nunca, o casi nunca.

Los militares somos un grupo de personas que tenemos vocación de servicio a la Patria y trabajamos para la más alta responsabilidad que puede tener un español: la defensa militar de España. Otros sirven de otra manera —no menos importante en muchos casos— pero nos distinguimos de ellos por el uso de un uniforme militar que es casi nuestra propia piel y nos identifica ante la sociedad a la que servimos. De ahí su importancia. De hecho, son varios los artículos sobre uniformidad en los que he hablado sobre ella.

Todos conocemos los versos de Calderón de la Barca en los que resta importancia a la forma de vestir del soldado.

Aquí la necesidad
no es infamia; y si es honrado,
pobre y desnudo un soldado
tiene mayor calidad
que el más galán y lucido;
porque aquí a lo que sospecho,
no adorna el vestido al pecho,
que el pecho adorna al vestido.

Sí, unos bonitos versos muy acertados y llenos de mensaje, pero que en parte pierden su valor cuando se sacan del contexto en el que se escribieron. Calderón escribió esto en el siglo XVII, cuando las tropas no disponían aún de un uniforme que identificara a los ejércitos o a sus unidades. En esa época el soldado español se identificaba por una seña roja —carmesí, más concretamente—, ya fuera un brazalete, una cinta en el sombrero, una faja o una banda, como ya lo escribí en el artículo FAJAS Y BANDAS. Cada uno se vestía con la ropa que tuviera y que, según su poder económico, era más o menos vistosa. Era la época en la que la vestimenta era más cursi, e incluso afeminada, cuanto mayor fuera el estatus social y económico de ese hombre y los ejércitos no fueron ajenos a esas modas. En ese contexto tiene sentido lo escrito por Calderón, pero no se puede justificar la despreocupación por el uniforme con una idea de hace cuatro siglos, cuando éste ni existía. 

Tampoco actualmente es infamia la necesidad, pero en este asunto no hay necesidad. El soldado ya no viste como buenamente puede, pues se le proporciona el uniforme y, además, una ayuda mensual para paliar los gastos de vestuario, aunque todo el mundo sabe que nadie, absolutamente nadie, se gasta los casi treinta euros de la nómina mensual en ese concepto. 

Tenemos todos claro que en instrucción, maniobras y campaña el uso adecuado y correcto del uniforme pasa a uno de los últimos lugares en las prioridades del soldado, pero no debe pasar al último plano por ser poco importante, sino porque las condiciones de vida no son las adecuadas para tenerlo como si saliera del paquete del AVET. El uniforme, aunque sea en campaña, hay que mantenerlo en las mejores condiciones posibles porque, como ya escribí hace un par de años, la guerra no es miseria.

Llamar traje al uniforme demuestra una carencia total de significado moral para quien así lo nombra. No es de extrañar, por consiguiente, que se vea a militares con las pintas que llevan. Supongo que estamos de acuerdo en que los tallajes del PCAMI están mal, en las de los pantalones sobre todo. Si te llega largo, que es lo habitual, pues le metes dobladillo y listo. Es decir, te preocupas un poco por llevarlo en condiciones. Lo que no es de recibo es que te lleguen unos pantalones que podrían valerle a un tío diez centímetros más alto que tú y te los plantes como si nada pasara. Pues sí pasa, sí; que llevas unas ridículas pintas de Cantinflas.


Y lo que se ve en la siguiente foto en la que el protagonista colgó en sus redes sociales tan orgulloso de su innoble pinta, no requiere más comentarios. La imagen habla por sí sola.



En resumen, el uniforme es la segunda piel que acogernos los militares cuando ingresamos. El uniforme no es una seña de identidad personal, sino una seña de identidad de la colectividad del Ejército Español, de sus glorias y de los hombres que las consiguieron para España. 

El uniforme ha sido la mortaja de muchos héroes, démosle el respeto que se merece.


30 noviembre 2025

LA GLOBALIZACIÓN CASTRENSE

Hace unas semanas ya hablé en el artículo QUÉ MÁS DA de que en los ejércitos de España se ha impuesto la dejadez en la conservación de los valores, el error de concepto de cuáles son las obligaciones militares o la normalizada mediocridad de quienes son incapaces de esforzarse por alcanzar la excelencia en todo. Estoy convencido de todo ello.

Esta forma de sucederse las cosas desde hace unos cuantos años, está llegando a un punto que ya me gustaría a mí que fuera el máximo de una función algebraica, pero me temo que no va a ser así. Supongo que esto va en aumento, precisamente, por la dejadez en el interés hacia la conservación de los valores, el error de concepto de cuáles son las obligaciones militares y, sobre todo, por el cada vez más bajo interés del militar actual en conocer el porqué y la esencia de las cosas.

Estamos entrando en lo que yo llamo la globalización castrense, es decir, la tendencia hacia un todos somos iguales que conduce al intercambio de roles entre militares de distintos escalones de la jerarquía, la compartición de responsabilidades —y su exención en algunos casos— y el miedo a ejercer la autoridad sobre un subordinado.

Pues no, no somos todos iguales en el Ejército. Ni somos ni debemos serlo. 

Cada militar tiene unos cometidos perfectamente definidos y por eso existe la jerarquía, el mando y, por supuesto, la responsabilidad que conllevan. Estos cometidos vienen definidos, objetivamente, por la preparación de cada uno en base a la formación militar que ha recibido, a pesar de que todos conocemos casos de militares que ejercen muchas más responsabilidades de las que su preparación les permite. Inútiles hay en todos lados y no olvidemos que responsabilidad —no hablo sólo del ejercicio del mando—, todos tenemos la nuestra, cada uno a su nivel, desde soldado a general. 

Pero no, no temáis mis pocos pero leales lectores, pues este artículo de hoy no va a ser todo un tocho filosófico pues, como viene a que llevo un tiempo observando que ocurren cosas que no tienen sentido y que van contra la más pura esencia de muchas cuestiones en la Milicia, iré concretando los casos particulares del combate. 

Soy un friki de los vídeos sobre cualquier tema militar en YouTube y veo todos los que encuentro aunque para muchos de ellos debería tomarme antes algún protector de estómago y un par de tilas. Hace unos meses vi en uno de ellos una jura de Bandera de tropa en la que los cabos (gastadores, porta banderines, etc) llevaban en el uniforme el distintivo de profesor; el coloquialmente conocido como huevo frito. Mi sorpresa fue tal que rápidamente me cogí toda la normativa en vigor sobre uniformidad para consultarla, sobre todo porque hay una norma sobre distintivos más o menos reciente y podía ser que no la tuviera yo tan controlada como creía. La cosa estaba clara: el distintivo de función de profesor, obviamente, es portado por quien ejerza como tal. ¿Y quién ejerce como profesor? Pues según el Régimen del profesorado de los centros docentes militares el que ocupe un puesto que así esté contemplado en la RPM (Relación de Puestos Militares), debiendo salir así reflejado en la publicación de la vacante de ese puesto. 

A continuación me fui a SIPERDEF y comprobé que, como me imaginaba, ninguno de los puestos de tropa de esa unidad era de profesor. Cada vez estaba más convencido de que era un caso clarísimo de globalización castrense y, como dije en el artículo DESMONTANDO MITOS, UNIFORMIDAD, un porque yo lo valgo.

Ya sólo me quedaba preguntar directamente por esta anomalía y así lo hice a un compañero de promoción —y sin embargo amigo—  destinado en ese centro de formación. Me dijo que él tampoco entendía que lo llevaran, pero que le habían dicho que se había autorizado a llevarlo a los miembros de tropa que hacían el Curso Básico de Aptitud Pedagógica porque alguien allí había hecho una extraña interpretación de la norma. Con un par...

Amosaver, amosaver, amosaver... ¿Me queréis decir que hay alguien con responsabilidad que cree que un cabo instructor es un profesor porque ha hecho un curso básico de dos semanas? Bueno, supongamos que ese curso ahora es la repera —y no como cuando yo lo hice hace más de veinte años— y ahora te capacita para dar clases en la NASA. ¿Ocupa reglamentariamente un puesto calificado como de profesor? No. ¿Entonces qué carajo hacen con un huevo frito en el uniforme? Hay que tener en cuenta que el artículo 20 de la Ley 39/2007 de la Carrera Militar dice que las tareas docentes serán desempeñadas por oficiales y por suboficiales, pero no por tropa.

Pues bien, esto es lo que yo defino como un claro ejemplo de globalización castrense por el que al final nos creemos que todos somos iguales. 

Ocurre lo mismo cuando hablamos de las bodas en las que personal de tropa participa en los arcos de sables a los novios con sables de oficial o suboficial que, naturalmente, han sido prestados por sus propios oficiales o suboficiales, grandes protagonistas de esta funesta globalización castrense. Ya dediqué un artículo a este asunto en  ARCOS DE SABLES.

Todo esto es como si yo, cuando sea padrino en las bodas de mis hijas, me pongo la faja de general, porque mola y porque yo lo valgo; a fin de cuentas, por años de servicio podría ser general ya hace tiempo, ¿no?

Pero tenemos más casos de la globalización castrense. Por ejemplo, cuando hace un par de años vi que en las AGBS la Escuadra de Gastadores desfilaba con manoplas, cuando jamás en las academias militares los cadetes y alumnos gastadores habían portado esos elementos. ¿De qué se trataba? ¿De hacer que la escuadra de la AGBS pareciera una escuadra de una unidad normal en vez de la de una academia? ¿O de romper, una vez más, la tradición como ocurre con la ******** boina que han parido para la AGBS para usar en vez de la gorra de plato? Manoplas y boina, dos ejemplos de cómo desvirtuar la categoría de suboficial.

En fin, que podría escribir largo y tendido con más asuntos similares, pero sólo aburrirían, más si cabe, a mis pocos pero leales lectores. 

Lo importante es saber por qué ocurre esto y, tras unas cuantas décadas de servicio, tengo claro que al militar actual le cuesta ser tajante a la hora de mantener cada cosa en su sitio. A algunos les cuesta decir "tú ahí y yo aquí, y tan amigos". Algunos no saben ser firmes en el mando manteniendo su cercanía al subordinado ni saben ser graciables sin llegar al colegueo. 

Ahora que tanto se habla de liderazgo —se creen que lo acaban de inventar— hay menos líderes que nunca. Y es que mandar es difícil, mandar bien es muy, muy difícil y ser un líder... uf, ser un líder.

Me conformaría con que los jóvenes militares que leyeran esto se comprometieran a acabar, en la medida de sus posibilidades, con esta virulenta globalización castrense.